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viernes, 16 de febrero de 2018

El Museo del Ferrocarril y el Mercado de Motores

Mercado de Motores en el Museo del Ferrocarril
Antigua Estación de Delicias
Recuerdos de ayer mismo

El ocio de los niños es diferente según las épocas. Hoy está muy mediatizado por tablets, móviles y consolas. Desde muy niños sus padres los ponen a su disposición para no tener que ocuparse de ellos, o convencidos de que es un buen entretenimiento.

Empiezan a enseñarles a jugar, rudimentariamente, primero en los móviles y luego en las tabletas y ordenadores, según las posibilidades de cada cuál. Por último, los niños acaban pidiendo una videoconsola por su comunión, y aquí se acabaron los juegos, las relaciones con los padres y con los amigos … si no son cómplices de su afición-adicción.

Mi infancia y adolescencia transcurrieron haciendo largos en la piscina, con el fútbol y con el tenis, el cross matutino en pantalón corto a temperaturas bajo cero, las expediciones para descubrir la ribera del río Duero en sus parajes arenosos y boscosos, el asalto a casas abandonadas, las clases de guitarra, las gamberradas y las escapadas para jugar entre los trenes de la estación de una ciudad del occidente de Castilla … 

De carbón o fuelizadas,
el botijo siempre acompañaba
Allí me familiaricé con las enormes máquinas diesel de la época: la diesel potente, la de maniobras, los ferrobuses, los Ter, los coches cama, los vagones de mercancías … Caminábamos sobre el balasto y las traviesas de madera, recogíamos tornillos gigantes y asistíamos a la enorme transformación de un parque móvil ferroviario obsoleto y a un trazado decimonónico, porque el ferrocarril era un gran olvidado en aquella época, pues estaba sucumbiendo al desarrollo de la carretera, que no paraba de ganarle terreno.


TER, automotor diesel Fiat, 1965
597-010-8
Gamberradas y juegos de ferrocarril

Los niños poníamos monedas sobre los raíles para que los trenes las aplastasen. Y algunos incluso piedras, y se escondían en los taludes. Uno de los descarrilamientos mortales con un ferrobús se dice que lo causaron las piedrecillas colocadas por los niños sobre las vías, algunas de las cuáles salían disparadas, con riesgo de herir gravemente a los inconscientes muchachos.

Meterte en un túnel y ver aparecer el tren, aplastarte contra una pared húmeda llena de hollín a menos de medio metro de la bestia de hierro atronadora, era una prueba de valor para nosotros. A veces encontrábamos refugio en los ensanches al efecto, pero el miedo era casi el mismo. Decían que el aire generado por el paso veloz del tren te absorbía ...

También nos arrastrábamos por los sumideros cuadrados de la estación, una acción realmente temeraria, porque podríamos habernos quedado atascados y nuestros gritos puede que no los llegara a escuchar nadie. En esas galerías a flor de tierra vi el pelado cráneo de una enorme rata, a modo de advertencia sobre el lecho arenoso y húmedo.


La estación de Delicias, sede del museo
En la estación, los viernes después de clase

Nos subíamos a vagones de carga con el portalón descorrido, nos metíamos debajo de ellos, con riesgo de vernos sorprendidos por las maniobras, y en una zona cerealista como la nuestra, las historias de muertos cercenados por los trenes y asfixiados en un silo de cereal se entremezclaban. El riesgo nos estimulaba.

Lo que nunca hicimos fue subirnos al techo de un vagón. Lo considerábamos peligroso y demasiado visible. Y tampoco se nos pasó por la imaginación pintarrajear aquellos corpachones inmensos de madera y hierro. No habíamos visto nunca un bote de spray, aunque los había.



Locomotora de vapor 030-2017
"El Alagón", Société Autrichienne,
Francia, 1861
El tren me lleva al campo

Mis primeras salidas naturalistas también tuvieron de protagonista al ferrocarril. Aquellos trenes regionales, que empezaban a ser eléctricos, me llevaban a las cercanías de donde vivía. Caminaba por los bordes de la vía, sintiendo el ventarrón al paso de un tren a toda velocidad por la llanura arenosa de pinares, entre dos ríos.

Los puentes de hierro de hacía más de 100 años, con sus remaches salientes y sus mil capas de pintura, sus óxidos, las grasas de los trenes, su ruido infernal, la luz cegadora de su único ojo … Un corpus de ingeniería y conocimiento de otro tiempo y también del nuestro.

La dignidad del ferrocarril de esa época estuvo en saber mantener en condiciones precarias una costosa infraestructura combinando líneas con traviesas de madera del siglo XIX, máquinas diesel y eléctricas con los modernos trenes Talgo.

La última máquina de vapor se retiró en 1975. Hasta entonces convivían las máquinas de vapor (carbón o fuel) junto con las diesel y eléctricas; anticuadas máquinas de sistema Mikado y modernos TAF y Talgo circulaban por las obsoletas vías españolas.


Interior del Talgo II
España, 1950
La visita al museo por el mercadillo

La inesperada visita al Museo de Ferrocarril de Madrid me devolvió todas aquellas sensaciones de una manera atávica. Había ido al reclamo del Mercado de Motores, que ya conocía de la Nave de Motores de Metro de Madrid

Sinceramente, me pareció un mercadillo mal montado y enormemente caro. Desde gafas de acetato de diseño andaluz y fabricadas en Italia a 89 € (de oferta) con una bisagra ciertamente cutre, hasta dulces y bollería más cara que si te la tomaras con un café en el mismo centro de Madrid con vistas.

Música en directo todo el tiempo, mala y estridente. Puestos como en el Rastro, con nulo estilo, y una zona abierta de terrazas, con más basura y manchurrones en el suelo que en un concierto punk al aire libre. Si quieres dar estilo, Sr. Organizador, primero da imagen, y la pulcritud es la primera de las imágenes. 

Muy acertado, eso sí, el vagón cafetería, con un café caro: 1,90 €, pero apenas 40 cts. de recargo por una sensación especial. En otro vagón, la empresa ferroviaria CAF exponía sus ciento y pico de años de historia, con paneles bilingües vascuence-español, en los que el vascuence aparecía destacado en negrita. No sé si se han dado cuenta de que en Madrid no lo entienden ni cuatro gatos. La política nacionalista hasta en la sopa. Interesante al menos.



Locomotora eléctrica 7507
Brown Boveri (Oerlikon-CAF, 1944)
Suiza-España

La instalaciones y el material ferroviario

Es verdad que las instalaciones se han quedado pequeñas para tanto material y necesitan mejores paneles informativos, guías o cicerones que no vi por ninguna parte, mejorar las salas anejas y que funcionen las maquetas de trenes, mejorar la didáctica y dar un mejor empaque al museo, por ejemplo mejorando su iluminación o vistiendo al personal de revisores y jefes de estación antiguos … mercadotecnia cutre aparte …

Pero fue toda una experiencia contemplar esas enormes máquinas antiguas o ver los interiores de los vagones restaurados. No vi al entrañable ferrobús, ni campanas, faroles u otro material antiguo propio de la estación, que aparece sólo como una nave industrial, en vez de cómo una verdadera estación de ferrocarril.

Allí estaban un Talgo II, máquinas francesas y británicas del siglo XIX, un TER y un TAF de Fiat, un vagón cafetería de Wagon Lits, gigantescas máquinas de vapor de sistema Mikado, vagones de madera de pasajeros y restaurante, … mucho material interesante. Ningún tren blindado o referencia a ellos.



Camioneta Fargo, Power Wagon
Modificada por Desquenne et Giral
Francia, 1957-58
Queda mucho por hacer para satisfacer a los que amamos el tren y los trenes, pero es un gran acierto haber reunido y restaurado vagones restaurante, coches cama, automotores y algunas locomotoras para su exposición, y que la celebración de Mercado de Motores me lo haya descubierto. Ánimo y a seguir mejorando para que ambos eventos compartan sinergias.

Enlaces

Mercado de Motores en Nave de Motores de Metro

Mercado de Motores

La última locomotora a vapor en España, 1975 
El 23 de junio de 1975 el entonces príncipe Juan Carlos apaga la caldera de la Mikado 141 f-2348 y cierra un ciclo histórico. La "f" significaba que estaba fuelizada.

Los trenes blindados en la República Española y en Rusia

Trenes blindados republicanos en España

Museo del Ferrocarril, Estación de Delicias




Brigada Ferroviaria
República Española













domingo, 10 de diciembre de 2017

Visita a una mina de carbón en Madrid


Vagoneta en la Mina Marcelo Jorissen
Madrid es una ciudad pletórica de museos, en algún lugar leí que más de 100, seguro. Pensemos en las colecciones de las universidades y en las de las asociaciones. Y en las que no están registradas. Realmente no creo que haya un catálogo exhaustivo, y seguro que tampoco nadie lo sabe con exactitud.

Pero si nos remitimos a los 39 que aparecen en la página del Ayuntamiento de Madrid me parecen pocos. Abundan las pinacotecas y los de objetos suntuarios, y se echan en falta más de las Iglesias y los de las instalaciones militares, sobre los que se ha extendido una pátina política que los ha querido sepultar.

Sólo he visitado 17 museos en Madrid de esa lista “oficial”, a parte del trasladado Museo del Ejército y de las salas de exposiciones de galerías, centros comerciales, empresas de seguros, de telefonía y de bancos, y hasta un cuarto de maravillas efímero.



Patio del museo, convertido en mercadillo
cada primer domingo de mes
Al Museo Geominero acudí ya hace años atraído por el mercado de minerales y fósiles del primer domingo de cada mes. Siempre los he coleccionado y he llegado a tener algunos ejemplares notables de recolección propia.

Pero lo que más me impactó no fueron sus cráneos madrileños de oso de las cavernas, ni la calavera recubierta de cobre, ni los espectaculares colores de las gemas iridiscentes, sino las vitrinas de un museo que conserva todo el aspecto de cómo debió de ser una colección científica de finales del siglo XIX.

Viéndolas, recordaba las maravillosas y polvorientas vitrinas del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, hoy destruido completamente por los ineptos responsables de la museística del estado español salidos de la Transición. 

Aquellas desaparecidas vitrinas me evocaron expediciones a sitios remotos y me animaron a establecer mi propio cuarto de las maravillas en casa siendo un adolescente. Y fue el germen de mi pasión por la ciencia y el coleccionismo científico.


Vitrinas con fósiles
La colección preexistente del Museo Geominero se trasladó al edificio de la calle Ríos Rosas en 1927 con asesoramiento de Primitivo Hernández, pero conservaba toda la esencia de ese coleccionismo erudito y viajero que me transportaba a sitios ignotos, en el espacio y el tiempo, a lecturas interminables a la luz de quinqués y bombillas titilantes.

La exhibición es muy educativa, si bien las vitrinas son demasiado altas para los niños, a los que no estaban destinadas. En el patio central se instala efímeramente el mercadillo de minerales con un bullicio de asombro continuo por los más curiosos.

Puedes comprar dientes de tiburón, esqueletos de equinodermos, huellas de algas, ámbar del Báltico, piritas cúbicas, aragonitos, cuarzos, pequeñas geodas, … Y cuando ya lo hayas visto todo, si es que te da tiempo, puedes acercarte a una mina de carbón en el mismísimo subsuelo del Instituto Geominero.




Mina Marcelo Jorissen
Entrada
La mina de carbón de Marcelo Jorissen

Se trata en realidad de una réplica ideada por el ingeniero M. Jorissen para servir de ejercicio didáctico a los alumnos de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes y Energía, que por su alejamiento de los centros de extracción necesitaban familiarizarse con el entorno sin los costosos desplazamientos a las cuencas mineras del norte de España.

Por lo que cuesta una caña en Madrid puedes saber cómo es una mina de carbón por dentro. La entradas se sacan atravesando el patio y son grupos de aproximadamente 15 personas. La visita dura unos 30’, en la que una guía especializada –quizá alumna- explica los pormenores del curioso recinto.

Nuestra guía bajó en unhumedadesdas botas de ante, con las que tuvo que sortear raíles oxidados, charcos, humedades y tablones desencajados. Te proveen de un casco para que no te descalabres, y es realmente efectivo, al menos choqué con él contra el techo media docena de veces antes de acostumbrarme a ese angosto espacio de techos bajos.

Después, a la salida, me di un baño al sol tibio y resplandeciente del inverno, cerrando los ojos para asimilar mejor la visita y dando gracias a los hombres que con su esfuerzo continuado y su ingenio nos legaron sus conocimientos y espacios para disfrutar de nuestro tiempo libre aprendiendo.




Museo Geominero, patio


Museo Geominero, sala


Oso de Deninger


Interior de la mina


Martillo neumático


Estructura de la mina





Enlaces

Fotografías antiguas de museos

Historia del Museo Geominero de Madrid

Un cuarto de maravillas en Madrid

Mercadillo de minerales, fósiles y gemas

Museos de Madrid

Visitas guiadas a la mina Marcelo Jorissen

Una mina secreta bajo Ríos Rosas

El ingeniero Marcelo Jorissen









lunes, 28 de julio de 2014

El Museo del Ejército en el Alcázar

Ruinas en la base de El Alcázar
Una visita al museo que ya no existe

De amarga y muy decepcionante debo calificar la visita al nuevo Museo del Ejército en el Alcázar de Toledo el pasado 20 de julio.

Después del cierre en 2005 de la sede del museo en el Salón de Reinos de Madrid, nos quedamos sin museo del Ejército de Tierra durante 5 largos años, en los que con la excusa de dedicarlo a la restauración de su aspecto original y su uso para la ampliación del Museo del Prado, se liquidó un bellísimo y viejo museo romántico que evocaba heroísmo, batallas, ciencia, patriotismo, fantasía y emociones vívidas.



Cartelería exigua e inútil
Hoy, el Museo del Ejército de Toledo, inaugurado en 2010, no es más que una caja blanca enorme, llena de salas desordenadas con muchos menos fragmentos de historia de España en sus vitrinas. Y también se ha liquidado la historia del mismo Alcázar contenida entre sus paredes.

Objetos descontextualizados, espacios enormes, sin unidad temática atractiva, sin itinerarios, didácticamente escaso y audiovisualmente parco. Asepsia en colores blancos, pésima señalización y una muy deficiente iluminación.




Armaduras. Colección de Medinaceli
Fuente: Internet
Aparece como un almacén de objetos envitrinados y desprovistos de historia, castrados al dictado de la Memoria Histórica, la Vergüenza Histórica y la museística más ramplona.

Remedo de la destrucción del otrora hermoso Museo de Ciencias Naturales, hoy una bazofia irreconocible que he borrado a la fuerza de mi ocio madrileño de fin de semana. Y primo hermano del Museo Arqueológico, algo más atractivo pero con los mismos defectos: el desorden, la museística “moderna” y la asepsia más descarnada.

Patio de El Alcázar
Visitar el Museo del Ejército de Toledo hoy no es más que un pasatiempo vacuo, con escaso interés y desmotivador, que no merece por sí mismo una visita a Toledo, largamente esperada desde su inauguración.

No volveré a ese sepulcro blanqueado que ha borrado casi cualquier vestigio de la historia misma del Alcázar y fregado con lejía la sangre y el esfuerzo de tantos españoles por lustrar muchas monarquías infames y gobiernos tiránicos, pero que forman parte de nuestro mismo ser y esencia.

Tres o cuatro armaduras japonesas que dan el aspecto de extraños enanos; un cañón allí y otro allá; escasísimas pinturas; soldados de plomo a mansalva; un navío solitario en una sala desangelada; espadas y picas como en un escaparate de Zara; la colección de armaduras de Medinaceli sin apenas esquemas, dibujos o indicaciones; las banderas a medio restaurar en vitrinas a las que no llega un niño, ... bustos medio a oscuras, para qué seguir.

Hemos pasado de tener posiblemente el mejor museo militar del mundo a disponer de una colección de antiguallas detrás de cristales, expurgada la supuesta espada del Cid, y cientos de estandartes y banderas, colecciones enteras de armas de fuego, maquetas, memorables cañones ...

Colección Medinaceli
Hemos perdido el encanto de estar rodeados de historia por los cuatro costados y pasado a disponer de esquinas y rincones donde se pueden observar cosas viejas con escaso detalle y pocas explicaciones, despojados de cualquier emoción, afecto u honra, como si pertenecieran a una nación foránea y desconocida, o peligrosa de conocer en sus glorias y miserias.

Lo visto ayer en esta caja de colecciones lo califico de carísima mierda aparentemente destilada en laboratorios intelectuales antimilitares, antihistóricos y antiespañoles. Y por supuesto es mi opinión, aunque no la única en este sentido.

A nadie que respete tan poco el Ejército, la Historia y a los españoles mismos debe encargarse hacer un museo del Ejército español, porque la Historia no pertenece a quienes se la inventan o la escriben, sino a quienes la hacen con su sudor y su sangre.

Se dice que el director actual del Imperial War Museum había comentado recientemente: «estoy muy contento porque mi museo ha pasado a ser el primer museo del mundo de historia militar, después de que Uds. hayan acabado con el que tenían».

El despacho de Moscardó
Pocas emociones he podido sentir en ese espacio para el eco del olvido. Apenas la emoción del magnífico cuadro de Ferrer-Dalmau “La batalla de San Marcial” acodado en una incómoda esquina donde no se puede apreciar la obra en perpendicular, demostrando que el diseñador del museo es un tipo con “grandes” conocimientos.

Sin la espada del Cid, hoy en el Museo de Burgos, sin el grandioso escenario del Salón de Reinos, sin viejas vitrinas, sin maniquíes, sin alineaciones de cañones, … este museo muerto no es merecedor más que de desasosiego e inquietud por mano de quienes han dado la orden de laminar las pasadas glorias españolas.

Batalla de San Marcial, de Ferrer-Dalmau
Sólo una ideología sectaria, orquestada en supuesta connivencia por los dos grandes partidos saqueadores de la nación y del Estado ha podido perpetrar semejante ultraje al patrimonio y acervo hispanos.

Lo visto en este museo no contenta a quienes hayan ido a ver el Museo del Ejército ni la historia misma del Alcázar, porque ya no queda casi nada, y lo que queda: una sala con una gran mesa vieja y disparos en las paredes, no tiene ningún sentido si no te conoces la historia, porque carece de carteles informativos. A las tumbas de Moscardó y de los que allí yacen les ocurre lo mismo, no tienen indicaciones ni explicaciones de qué se trata.

Quien olvida forzadamente a sus soldados es un traidor y un miserable, porque son los mismos ladrones que exigen a sus conciudadanos el máximo sacrificio de sangre mientras se llenan los bolsillos y engatusan a los que les votan con promesas de mercachifle.


Museo del Ejército antes de 2005
Fuente: Internet
Historia del Museo

El Museo del Ejército fue creado por orden de Manuel Godoy en 1803, y era el más antiguo de España después del Museo de Ciencias Naturales. El Prado, por ejemplo, se abrió más de 30 años después.

Su primera ubicación fue en el Arsenal Central de Artillería (el parque de Monteleón, cuyo arco todavía existe en la plaza del Dos de Mayo en Madrid), y contaba, principalmente, con los fondos de Artillería. En él se depositaban una copia de cada modelo de arma nueva que se fabricaba en España. Fue allí donde el personal y fondos del Museo entraron en combate contra el ejército francés, el 2 de Mayo de 1808.

La Tizona de El Cid
Fuente: Internet
En 1815 se trasladó al palacio de Buenavista (actual sede del Cuartel General del Ejército, frente al Banco de España), e incorporó nuevas colecciones; la principal, las 2.000 banderas que eran patrimonio real. Después siguió recibiendo colecciones y piezas.

En tiempos de la regencia de Espartero, éste reclamó para su uso ese palacio, y el museo se trasladó al palacio del Buen Retiro, que ha sido su sede ininterrumpida hasta ahora.


El nuevo Museo del Ejército se traslada al Alcázar de Toledo

Inaugurado el 19 de julio de 2010 el nuevo Museo del Ejército de Tierra, al día siguiente se abría el museo al público. La superficie de las instalaciones duplica la antigua, sin embargo sólo se exponen 5.000 piezas de las 35.000 que tiene el museo en sus fondos.

Armaduras antes de 2005
Fuente: Internet
El antiguo museo era una referencia mundial entre los mejores museos militares del mundo, especialmente en artillería. Hoy, ese museo, ya no existe.

Y por favor, si deciden empezar por mejorar algo, al menos pongan una tienda decente con una buena selección de libros, fotografías y facsímiles de piezas, y no exhiban juguetitos montados en esa vergonzosa imitación de Lego fabricada en China. Muchos adultos interesados en la historia de nuestro país nos desplazamos desde muy lejos y merecemos cierto respeto intelectual por parte de un museo del Estado.



El Museo del Ejército en 2010,
la Historia enlatada
Fuente: Internet

Salón de Reinos,
el Museo antes de 2005
Fuente: Internet

Ampliación del Alcázar en 2010,
un destrozo arquitectónico
Fuente: Internet


Nota

La reforma del Alcázar de Toledo es obra del arquitecto Francisco Fernández Longoria y de su colega Dionisio Hernández Gil, ambos de escasas referencias en Internet, y el primero de ellos ni siquiera aparece en la Wikipedia.
 


Enlaces