Mostrando entradas con la etiqueta atención al cliente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta atención al cliente. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de mayo de 2025

El árbol de Wanaka y el declive del Ikea de Alcorcón

Árbol de Wanaka, Nueva Zelanda. Fuente: Windows
En marzo de 2020 unos vándalos cortaron con una sierra la rama más bella del emblemático árbol de Wanaka de Nueva Zelanda, dejando una estela de frustración, indignación y amargura en los lugareños y visitantes de este icónico lugar. El sauce fue seccionado por un inexplicable comportamiento humano, cambiando la armonía por el desasosiego, tal vez por un afán neurótico, un odio a lo botánico, a la belleza o a los turistas que acuden allí simplemente para deleitarse y fotografiarlo.

Un sentimiento parecido me ha recorrido el cuerpo ayer tarde visitando el Ikea de Alcorcón.


Propaganda engañosa
El Ikea de Alcorcón no es país para viejos

En octubre de 2012 escribí un artículo en este mismo blog loando las bondades de la empresa sueca de muebles Ikea de Alcobendas frente al cutrerío de la francesa  Conforama del mismo lugar. Tuvo bastante éxito y levantó ampollas entre algunos defensores de esta última.

Ikea ha sido para mí durante años el paradigma de empresa ideal por su calidad de atención al cliente y su completa experiencia de venta, con su zona de restauración y tienda de comestibles, que me han llevado durante años a ir, simplemente, a comer o a tomar un café gratis con el Ikea Family desde Madrid.

¿Gastar mi tiempo y dinero en gasolina para ir de Madrid a Alcobendas para tomar un aguachirri? Pues sí, cotilleabas un poco por allí sus novedades y volvías a casa al cierre, como un ocio más de la ciudad.

Pero por circunstancias -tengo la piscina cerca- últimamente voy a comprar y comer al Ikea de Alcorcón. Mi experiencia empieza con la gente que allí acude: manifiestamente fea, manifiestamente desaseada y ostensiblemente corta y cutre, como si te hubieras trasladado de país 3.000 km. al este ó 1500 al sur … Evidentemente son apenas 40 km. de norte a sur, indicándonos cuán diferente es la gente y el poder adquisitivo y cultural en ambos centros comerciales.

Y el este de Europa ya no es tan cutre como hace 20 años y a 1500 km al sur la edad oscura se mantiene ... no lo tengan tan en cuenta.

Además, los empleados de Ikea de ese centro comercial me están recordando constantemente que no estoy en Alcobendas por su comportamiento: maleducados, despistados, inútiles, …

Ayer acudimos a la oferta del Ikea Family de los viernes para celebrar unos buenos resultados en los exámenes de sueco de la Escuela Oficial de Idiomas: “vamos a celebrarlo”, nos dijimos. Y nos quedamos con un rictus entre asco y desilusión.

Pedimos la oferta del 50% y un plato de albóndigas sin gluten. La pequeña empleada rubia de más allá del Telón de Acero fustigaba a los feos, humildes y deformes clientes que pedían cosas baratas de la manera más dócil y ordenada, pero ella insistía en su comportamiento de carcelera comunista de la época de Ceaucescu. A nosotros nos trató también rudamente, con la propia convicción de que sabía de su trabajo y nos dijo que esperáramos, para darnos albóndigas con puré de patatas y sin guisantes ni mermelada ni nada.

Esperamos 5 minutos y luego fuimos a pagar, diciéndonos que nos cobraran en la caja y que luego volviéramos a recogerlas. Al cabo de un cuarto de hora todavía no estaban las albóndigas de los cojones, y tuve que pedirlas de nuevo.

La siniestra cárcel de Jilava
La pequeña temnicer de Jilava volvió a pedir las dichosas albóndigas a un chico caribeño, larguirucho y despistado, no muy entusiasmado por su trabajo, y al cabo de un poco vino con una asquerosa bandeja blanca de plástico precintada, opacada por el calor, en la que se vislumbraba lo que podrían ser collons de mico en su acepción valenciana, con un acompañante de engrudo del color de la mayonesa rancia, que se suponía que era puré de patata.

No, no me abrieron la bandeja y pusieron el contenido en el plato, no, no me dieron guisantitos ni mermelada rica de arándanos rojos para acompañar, sólo ese paquete de mierda (realmente del color de las boñigas de un galgo estreñido).

La situación no se tornó jocosa, sino trágica, pues he visto mejores presentaciones de platos en asilos de ancianos de la beneficencia. Como si por encapsular el alimento para evitar la contaminación cruzada por gluten fuera suficiente para contentar al cliente celíaco y a su familia (yo).

Un caerse el alma a los pies y el sentimiento de patetismo y desprecio criminal, junto con la congoja de la exclusión, recorrió nuestras meninges como un molesto hormigueo.

Las mierdosas albóndigas sin gluten del Ikea
En Suecia ya sufrimos la dificultad de acceder a alimentos sin gluten, lo que llama la atención en un país de la Unión Europea, tan modernito y solidario para otras cosas de la acogida y tal, pero primitivo con respecto a la atención a las intolerancias alimentarias. Y en Noruega es un poco peor, por lo que la situación de Madrid, al menos, gana enteros en la comparativa.

Pero la cuestión va más allá, y es la de la estigmatización del cliente celíaco con una presentación de mierda.

Aparte de eso, nos cobraron las albóndigas dos veces y las dos manzanas una sola, pues el otro caribeño de la caja estaba realmente a por uvas. Así que otro ratito de espera para desfacer el entuerto.

Cuando llegué con las albóndigas de mico a la mesa, mi colega de habitáculo conyugal se quedó desconsolada … Tampoco pudimos abrir fácilmente el cofre y tuve que asetearlo con un tenedor y un cuchillo (afortunadamente poseo entrenamiento autodidacto de boina verde). El compartimento de esa cosa llamada “puré de patata” parecía el catafalco de unas gachas rescatadas del pecio del Wasa, y no me atreví a que el oxígeno del medio ambiente empeorara las cosas.


El todo jode las partes

El servicio general deja mucho que desear, y el culpable es su gerente. Nuestra mesa estaba sucia, no encontrábamos servilletas, apenas había leche para el café, más que en un dispensador, y gracias a otro cliente lo encontramos. Y en esas, otro torpe empleado tiró unos platos por accidente y los rompió.

La dirección de Ikea España debería tomar nota de esta y otras quejas para mejorar un centro que daña seriamente la reputación de esa empresa y de toda Suecia, el saber hacer que inspira y sobre el que se apoya todo ese tinglado comercial, cuyo país parece que se está deteriorando tanto como la gestión del gigante sueco del mueble.

El Ikea de Alcorcón se lo vamos a dejar a nuestros congéneres y no congéneres de la zona, porque veo que la empresa se mimetiza con el lugar.


Como le ha sucedido al árbol de Wanaka, el gerente de Alcorcón ha cortado una rama de Ikea, que afecta seriamente a la visión de conjunto del árbol. Tal vez por su incapacidad, y la de sus jefes por ponerlo ahí, por su escasa capacidad para gestionar los recursos humanos y por no supervisar los fallos.

Ya de por sí es jodido llegar a ese centro comercial, con sus sinuosas carreteras, hechas para entretener y gastar gasolina, despistar y putear un poco. La experiencia de compra ya no es la misma. Chicos de Ikea, cerrad el centro o mejorad el servicio, es un gusano que se está comiendo la reputación de vuestra marca.

Por cierto, el Leksands Knäckebröd que vendéis es malo de cojones: insípido y quemado la mayoría de las veces. Lo tengo colgado de decoración en la cocina porque no vale ni para untar mantequilla.



Enlaces

Los horrores de las cárceles comunistas de Rumania buscan abrirse un hueco en el patrimonio universal de la Unesco

Destruyen el árbol más icónico de Nueva Zelanda (con una motosierra)

Ikea versus Conforama dos estilos, un solo paradigma













sábado, 11 de enero de 2014

Un bar donde te atienden como a un culo

Bar muy cutre
De pinchos y tapas cutres en Valladolid

Me dedico a eso que llaman “atención al cliente”. De hecho, de una u otra manera, lo hago profesionalmente desde hace más de 20 años. Pero llevo bastantes más siendo cliente, un cliente activo, por cierto.

Ser un cliente activo implica ofrecer retrolimentación al vendedor: si está bien el proceso de venta, hacérselo saber, y si está mal, pues también.

El conflicto surge cuando cliente y vendedor discrepan. Por ejemplo, un cliente no satisfecho con la venta de un servicio o producto se lo hace saber al vendedor, o se queja, o protesta …

Estas Navidades estuve en Valladolid degustando sus afamados pinchos. Me muevo a gusto por esa ciudad, conozco sus mejores lugares desde hace muchos años y frecuento casi siempre los mismos templos de la pequeña cocina.

Así que, con pocas horas de ocio urbano, fui a tiro hecho: Villa Paramesa, una tasca ubicada en la calle Calixto Fernández de la Torre, junto a la Plaza Mayor. Este bar pertenece a la empresa La Pequeña Villa 2008 S.L.

El motivo de la visita es que anteriormente estaba allí La Tasquita, de grato recuerdo para mí y para muchos vallisoletanos, donde siempre se me atendió bien y donde pasé grandes tardes degustando su pincho de solomillo al roquefort y otras muchas maravillas sobre pan crujiente.

La factura del delito
Cuando ya no era La Tasquita volví varias veces a visitar el sitio y me llevé una buena impresión de su cocina creativa. Finalmente el 5 de enero aterricé de nuevo; pero algo había cambiado.

Nada más entrar noté una atmósfera diferente. Pedí dos riberas, una croqueta de bacalao, una mini-hamburguesa de solomillo y un buñuelo de manillas de lechazo, todo de nombre muy sugerente y correcta presentación. Total 10 €, un precio correcto, aunque en absoluto barato. Recordemos, esto no es Suecia.

La rubia de bote que me atendió tal vez me recuerde. Me sirvió de un gran botellón las escurrajas y luego completó con otra botella. ¡Vaya! Pero no soy de protestar …

Acodado en la barra estaba un señor elegante de medianas estatura y edad, bien afeitado, con su camisa azul abierta y su cara chaqueta desabotonada. Sonreía al sol de las lámparas y diríase que estaba en una gran felicidad con Baco. Fue mi testigo …

Veamos, todo bien con la croqueta, la mini-hamburguesa correcta -aunque excesivamente generosa en pan-, el vino cuasi-regular, … pero el buñuelo de los cojones fue otro cantar.

El primer bocado es para mi acompañante más cercana, que se lleva la parte noble, aunque la rechaza por gelatinosa. Es lo que tienen las manillas, … cuestión de gustos … Así que le hinco el diente a ese buñuelo en forma de dado y noto algo … ¡joder, qué gelatina más densa! Mi excesiva cultura gastronómica me hace imaginar que se trata de una hebra de puerro mal cocinada, pero mi otra acompañante, a la sazón una señora bella, elegante, experta cocinera y mejor clienta, tira de un extremo y dice: un pelo y ¿qué es esto? visiblemente asqueada.

Despedazo la porción maldita y la echo en la papelera de encima del mostrador, bajo la mirada de la rubia de bote, que me la indica con su dedo de mesonera, como si yo estuviera a punto de deshacerme de la servilleta que envolvía el cuerpo del delito tirándola al suelo …

El perdón anidó en mi corazón ¿a quién no se le ha escapado un pelo en su cocina? Así que continúo mascando la composición, intentando descifrar los sabores … Pero el tacto pastoso y peludo de consistencia lanosa de un cuerpo extraño vuelve a asomar desde mis labios, ¿qué cojones … ?

Cojo una servilleta de papel y vuelco todo el contenido de ese alimento-trapo sobre ella, en un ademán observado por el borrachín, que no dice ni pío, casi divertido, casi insensible a la tragedia … con el vano intento de que no parezca una egestión.

Le digo entonces a la mesonera tosca que el buñuelo referido tenía un trozo de lana dentro … y me contesta que vale, pero que ya me lo había comido …

La estulticia de la sirve-vinos me acusa tácitamente de querer otro pincho gratis …

Cagándome internamente en las deidades más a mano, dejo a salvo sólo a la Virgen María, y comento la jugada con mis acompañantes, que indignadas, se comprometen a no poner más sus pies en aquel chigre de bordes y guarretes.

Pienso ahora que debí meter la mano en la dichosa papelera, sacar los pringosos y masticados trozos de buñuelo sujetos por su cordaje lanoso y mostrarlo al respetable como si fuera a poner unas banderillas, aseteándole en los morros a la palurda como prueba fehaciente de lo marrano de su chef y de su ofensiva respuesta a mi queja.


Como la sangre no llegó al río porque preferí bombearla a presión a mis sienes, les dejo a Uds./vosotros mis impresiones de cliente insatisfecho, con la esperanza en la resurrección de los que han muerto atragantados con un trozo de estropajo metido dentro de un pincho.



Nota del 28/01/2014

Esta tarde he recibido en mi casa la notificación de la DGT que ese mismo día 5 de enero, yendo a Valladolid, me pusieron una multa de 100 € por haber sobrepasado el límite de velocidad en 20 km/h. Me cazó un radar nuevo, tal vez en algún cruce de reducción rápida. Los Reyes Magos de Valladolid me han querido "premiar" por algo que he hecho mal el pasado año ¿Será por quejarme tanto?












viernes, 15 de marzo de 2013

Los madrileños y el tiempo



Una gestión a salto de mata
21/sep/2007

Una de las más insoportables cosas que podemos sufrir a diario en Madrid es la falta de respeto que supone el haber quedado a una hora y que el otro se presente  más o menos cuando le viene en gana. Esto es especialmente sangrante en el caso de que hayamos quedado a una hora concreta con un profesional para arreglarnos una avería en casa o traernos un pedido.

Se me ocurre, por ejemplo, el fontanero, al cual llevo esperando desde hace más de una hora. Al llamarlo por teléfono me dijo que a las once y media estaría aquí. Luego precisó que sería entre las once y media y las doce de la mañana. Sin embargo es la una menos veinte y todavía no ha llegado.

El trastorno que supone este tipo de retrasos en la vida común es considerable. Yo había quedado esta mañana muy temprano con un amigo para empadronarse en Madrid. Debía hacerlo así para evitar las colas, de hasta dos horas, que se forman. Me levanté un poco antes de las nueve y le llamé. Por un asunto “imprevisto” me dejó colgado. Así que me volví a meter en la cama hasta las … ¡vaya, acaba de llegar el fontanero! Y a requerimiento de que me explique el retraso me dice “No, no, si era a las once y media, pero ya sabe…”
Un fontanero
Ese “ya sabe” me lo conozco. Son retrasos acumulados durante el día por una falta más que exagerada de la gestión de su propio tiempo. Entre que les importa tres narices hacer esperar, pues no es una cuestión grave, y muchos clientes son comprensivos: “la gran ciudad y su tráfico, exceso de trabajo, complicaciones de última hora…” se ha institucionalizado el retraso como una forma idiosincrásica del vivir diario de los madrileños y también de otros muchos españoles.

El que el fontanero haya llegado más de una hora tarde ha retrasado mi acontecer diario en más de una hora. No me he duchado para que pudiera ver la bañera y hacer su peritaje, no he desayunado porque no me he duchado (guardo un discreto período de digestión para el desayuno) y he tenido que sentarme en el servicio apenas dos minutos, a pesar de que necesito echar con urgencia el medio quilo de chuletillas que me comí ayer en el campo. Así que terminaré este artículo, trataré de sentarme otra vez, desayunaré y me ducharé. Todo ello una hora y media más tarde. La de retraso y la media que me ha llevado escribir este artículo.

Todo sea que algún fontanero comprensivo lo lea y comience a formar parte de un movimiento de cambio de costumbres que optimice tiempo y rendimiento. Saldremos todos ganando: menos cabreos y gestionaremos mejor nuestras acciones, dándonos más tiempo para hacer más cosas y, lo más importante, tener la sensación de competencia, algo que se transmite a todas las demás acciones, relacionadas o no, en forma de optimismo y confianza en los demás.












viernes, 7 de diciembre de 2012

CentroCentro de Cibeles, una casa por estamentos

En la terraza del Ayuntamiento te obligan a tomar una copa para entrar


Seguridad a la entrada: miedo ¿a qué?
La reforma del mastodóntico edificio del Palacio de Comunicaciones de Cibeles ha servido para calibrar el grado de megalomanía de un alcalde y comprobar de qué pasta está hecha la casta política que gobierna la ciudad de Madrid.

Una carísima reforma para un espacio infrautilizado para las funciones de gobierno del Ayuntamiento, con exposiciones de relleno, espacios "de trabajo" con mobiliario cutre para "los ciudadanos", apliques de vidrio y metal que desvirtúan el edificio por dentro, ventanas cerradas ¿para evitar que se tire la gente? y unos accesos con vigilancia, como si de una instalación militar de alto secreto se tratara, con incomodidades y gastos en equipos y guardias.
Vista de la Calle Alcalá

Pero nada de todo lo anterior es lo que me ha llevado a escribir esta nota, aunque podría ser suficiente, sino el que deseaba fervientemente subir a la terraza-mirador, cuando va y me sale un guripa del Este, vestido de paisano -menos mal- impidiéndome pasar si no me tomo una copa. Y a la pareja de mi izquierda ... lo mismo. Tal vez se podría considerar incitación al alcoholismo.

Exposiciones en varias plantas
Yo no sé si el edificio lo ha tomado la mafia rusa para sus élites o si las élites madrileñas desean comportarse como rusos mafiosos. ¿No puedo pasar a un local situado en un lugar público propiedad del Ayuntamiento-de-todos-los-madrileños si no me tomo una copa? Literal, sí.

En ningún garito privado de esta atribulada ciudad se me había dicho de tal manera. Sólo en los clubs privados y discotecas, en los que hay que pagar la entrada.

Esperemos que cosas así se corrijan, o irán en el debe del PP de Madrid y de su alcaldesa impuesta.









martes, 24 de julio de 2012

Asturiano cutre en la calle Pez

PIB España 2011-2013
Hay un bar asturiano en la calle Pez, de cuyo nombre ni quiero ni puedo acordarme, al que acudo a buscar algo de consuelo gastronómico cuando otros ya han cerrado.

La hosquedad de los camareros es la propia de la gente del norte que se sabe del norte y que desea una clientela menos ruidosa y menos trasnochadora, a la que haya que trabajar menos.

Hoy acudí como último recurso por una caña y un pincho. La barra estaba desolada, con tres croquetas huérfanas de padre y madre perdidas en la inmensidad del acero fregado y vacío.

Iba con una acompañante a la que no le gusta el cabrales -que se sacaron de un lugar misterioso- así que pedí para ella una croqueta de pincho, de esas deseosas de ser adoptadas.

Era evidente para el camarero, atento a nuestra disertación sobre lo potente e inadecuado para ciertos paladares, que el cabrales no sería deglutido más que por un comensal, por lo que la croqueta era la petición  lógica y consecuente de quien no quiere dejar su estómago a dos velas.

Al pagar, nos cobraron la croqueta que había dejado dos hermanas mellizas en la vitrina, como últimas de su especie, con los anhelos de cariño en la costra.

Esa indescriptible sensación de incomodidad y repugnancia que se apodera de uno cuando se presencia y sufre un acto inmoral, aconteció esta misma noche.

Nos cobraron la croqueta a 0'75, como un extra, sin aplicar la ética que aconseja no cobrar los restos.

Como en otros muchos bares imperan la lógica y la ética, el exabrupto resulta más sonoro, por lo que iré a otras barras menos miserables donde traten mejor al cliente, que es realmente el que paga y les sostiene.