martes, 8 de diciembre de 2015

Hip, hip, HIPSTER

Aviator: No, it's not sunnyBowtie: it's a giftPolaroid is my camera, because my phone's camera is too high quality.I'm a fan of the pants and the positions of yoga.Whiskey: the cheaper, the better. I prefere English indie-pop from England town.It just sounds better on vinyl.Neutral colors go with everything.Food product grown chemically free, except some chemicals. I got these shorts for free. Older is always better.


Capullo que va de hipster
Ser hipster o no ser hipster

Me topé accidentalmente con el concepto hipster cuando una amiga de Estonia me lo llamó, viendo unas fotos mías mientras posaba con un famoso diseñador gráfico de Finlandia al que posteriormente hice una entrevista en un bar de fumadores.

Hace de ello no muchos años, pero no le di importancia, porque no sabía ni lo que significaba.

Etiqueta de garantía
Andando los meses, el concepto hipster me estrechaba y ya me lo decían hasta por las gafas. También me encontré con numerosos blogueros gilipollas en eventos de moda, en los cuáles hacían alarde de ello, así que intuí que debía de ser algo muy guay.

También en las revistas de moda salía un prototipo, a medio camino entre montañés y esquizofrénico, con una barba llena de liendres y camisa de leñador. Pero no me parecía.

Hipster americano macizo con bici
Debías usar bici retro  -tengo una trail, no sé si vale- llevar un gorro de lana verde en verano y pasar de todo, o hacer como que pasas, pero debes estar interesado en todo lo raro e inusual -excepto los platillos volantes- Humm, por ahí vamos bien …

Un poco de música de grupos muy exclusivos de países europeos raros, leer libros raritos de cultura urbana o de escritores malditos, apuntarte a un evento zombie, comer comida orgánica, zumos de frutas desconocidas, pan de quinoa y que te vaya el rollo de la relajación oriental, pero en secreto, en fin, todo muy cool, además de parecer pobre y descuidado, pero con una cuenta saneada que te permita estar rebosante de gilipolleces.


No necesariamente
Yo no sé qué soy

Lo cierto es que durante unos años me sentí algo hipster y algo guay también, aunque como nunca he conocido la exactitud del término, no he sabido si lo he sido realmente alguna vez y no he podido disfrutar en plenitud mi condición de tribu urbana.

Para más inri, otras amigas mías decían que no lo era en absoluto, pero ellas están menos enteradas del tema que yo del precio del pan en Hong Kong.

He hecho denodados esfuerzos por estar a la altura, así que aquí os dejos unos cuantos artículos, que os sirvan de pequeña guía a los que queréis ser hipsters.

Los hipsters según los medios: Kotze*
Espero que lo consigáis. Y si no es así, no os preocupéis, ser hipster no depende de uno mismo, sino de lo que os consideren otros, destacando por lo insoportablemente fatuos, desdeñosos y tontosdelculo que seáis.

Y no os castiguéis, a todo ello tenéis derecho. Porque hay tribus urbanas infinitamente más perniciosas para uno mismo y para los demás. Porque lo vuestro –lo nuestro- es sólo un pecadito de ego.

Y es que, además, hay mucho envidioso.


Nota
*El capitalismo tiene la rara habilidad de convertir los estilos individuales y de pequeños colectivos en tendencias de moda para hacerlos extensivos a un grupo grande de la población y que pague por ello, y acabar destruyendo su originalidad hasta llegar a hacerla vomitiva.


Para no saber más


Enlaces no recomendados













domingo, 6 de diciembre de 2015

Los cazadores recolectores de la Dehesa de la Villa

Dehesa de la Villa, nov. 2015
Dehesa de la Villa
15 de noviembre de 2015

La Dehesa de la Villa es un parque periurbano de un gran valor paisajístico e histórico. No tiene la belleza del Parque del Oeste o de El Capricho, pero es uno de mis 3 parques favoritos de Madrid.

En él he podido recorrer sus colinas en bici de montaña, correr en su circuito, hacer observaciones de aves, jugar con la pelota, ver insectos y plantas, … También he recolectado algunas almendras e higos chumbos, he plantado pinos en sentido lato y hasta paseado de la mano con queridos bípedos implumes.

Es para mí, el parque total, y tal vez si no fuera por los dueños de perros -que los dejan sueltos, te incordian por todas partes y lo siembran todo de excrementos- me animaría a hacer picnics y hasta echarme la siesta esperando que me despertase el sonido quebrado del caer de una piña.

Dehesa de la Villa, abril 2014
Es también un parque olvidado en mi blog, quizá por la cercanía, o que no lo veo nada excepcional; quizá por la prudencia, para que no acabe llenándose de adolescentes de todas las corralas haciendo botellón, familias españolas celebrando cumpleaños infantiles con colgajos y familias suramericanas haciendo romerías de papeo. Porque actualmente esto es así.

Los valores paisajísticos son los de unas suaves colinas pobladas de pinos piñoneros, entre Madrid y la Ciudad Universitaria, a escasos minutos de vuelo de urraca de la Casa de Campo y hasta del mismo El Pardo.

Si a lo lejos se ven la M-30 y las montañas que nos separan de la Meseta Norte, a lo cerca están el Faro de Moncloa, el Museo de América y hasta el chorro de la Casa de Campo cuando toca.

Podemos encontrar jara pringosa, almendros y chumberas, algunos eucaliptos y también algunos pies de olmo (Ulmus minor y pumila) y numerosos arbustos de jardinería.

Antenas, 2014
Es realmente un monte mediterráneo ajardinado. En él se ha visto la necesidad de plantar algunas encinas, cuyos vestigios naturales apenas son visibles, y se ha hecho cerca de la cúspide del parque, junto a las antenas de telefonía. Existe un centro de interpretación de la Naturaleza dando hacia la calle Francos Rodríguez, y la historia de este lugar pasa por ser una línea del frente de guerra durante nuestro entrañable conflicto civil.

Como no quiero extenderme más en los prolegómenos, porque lo importante es visitarlo y cuidarlo, dejaré un texto y las últimas fotos de un día soleado de noviembre. Las imágenes, que casi evocan más.


Recogiendo higos chumbos

Chumberas en Dehesa de la Villa, nov. 2015
Los chumbos que vemos en las modestas fruterías del barrio son verdes como ranas, pero éstos, a la solana más hermosa e inmisericorde, son morados como la túnica del Nazareno.

Espléndidos, jugosos, con tonos brillantes de remolacha cortada cuando están caídos, mostrando sus feridas a los paladares más hambrientos. Me acerqué a un viejecillo casi ajado a pedirle una bolsa para los chumbos.

Una que tenía sobre el banco no me la quiso dar porque era para su comida.

La basura y las bolsas, abundantes en ocasiones, no se prodigaban precisamente ese mediodía. No sé qué tienen que ver el viento, las norma de los súper de cobrártelas o el civismo de los madrileños y asimilados.

Resuelto como estaba a llevarme esos preciosos tesoros al hogar, me encaminé hacia la base de las telecomunicaciones del barrio: antenas todas de microondas, donde dos efebos cincuentones se torraban cuasi en pelotas.

Opuntia ficus-indica en la Dehesa de Villa
A mi pregunta extraña de si les sobraba una bolsa, el que parecía más invertido me dijo que sí, que tenía una justo para cuando yo viniera, pero como uno de mis adjetivos es el de “El Impávido”, entablé contacto con el otro, más sensible a la amabilidad. 

El intercambio de verbos se encauzó y el hostil antes, sacó una bonita y simple bolsa blanca que me extendió amablemente, no sin antes advertirme que no me chupara los dedos, si no quería llenarme la boca de espinillas.

No me pregunté entonces si la tenía para guardar sus calzoncillos sucios, pero gracias a esa bolsa cumpliría mi deseo.

Coger unos higos chumbos sin guantes de jardinero es complicado. Así que con una suerte de pinzas con dos palos nos hicimos un instrumental de precisión: 5 de cada 10 higos se perdían entre el mar de gruesos pinchos. Rotarlos sobre su eje con mucho tiento es todo un arte oriental.

Los pequeños pinchos de los chumbos son casi invisibles y muy dolorosos. No intentes quitarlos con los dientes o lo lamentarás. Las pinzas tampoco son de mucha ayuda, pero es lo más recomendable.

Higos chumbos morados
Ya en casa, para cortarlos hay que usar cuchillo y tenedor sobre un plato y pasar los higos pelados cuidadosamente a otro plato, evitando los molestísimos pinchos. Finalmente los comimos, deliciosos, pero tan llenos de semillas como perdigones que uno ya sabe qué responder cuando ve que no se comercializan.

Un bonito día al sol madrileño de noviembre.





jueves, 26 de noviembre de 2015

El Jardín Botánico de Madrid en noviembre

Jardín Botánico de Madrid en noviembre 2015
La primavera es lo que tiene: explosiones de colores porque está despertando la vida. Y en otoño lo contrario: la vida se aletarga.

Los colores del otoño, sin embargo, lucen magníficos en la sierra madrileña, donde los musgos y líquenes tapizan gruesos los suelos y los troncos. Donde las hojas de los abedules alfombran las sendas y las rocas, y en la que empiezan los acebos a marcar las esquinas del bosque con sus duras bayas rojas.

Otoño monótono en el Jardín
Las setas anaranjadas y marrones, blancas o rojizas, son parte de esa inconmensurable acción de vida de otoño, breve hasta que llegan los hielos. Los colores de la naturaleza del otoño español son los verdes, los amarillos, los ocres en sus hojas... los azules, rojos y naranjas en sus frutos, … 

Pero en un jardín botánico la conjunción de especies propias y foráneas puede dar lugar a una explosión de color inusitada, con cientos de especies que florecen y decaen con sus colores especiales.

No encontré, sin embargo, atisbo de emoción en mi visita al Jardín Botánico el domingo 22 de noviembre. La grafiosis de los grandes olmos, la ausencia de hojas rojas caducas, las poquísinas flores otoñales, la ausencia absoluta de setas, musgos y líquenes, lo desangelado de todo el jardín, … como de abandono.

Acer palmatum
Lamento decir que fue una pobre visita a un pequeño jardín, que si vale para algo es para tener muy a mano un compacto conjunto de plantas con carácter educativo para estudiantes de Botánica, pero que no invita a perderse en otoño por sus pasillos rectilíneos.

¿Dónde están los grandes arces reales con sus hojas púrpura, dónde los álamos negros, en qué parterre las bayas del otoño? Madroños, acebos, mirtos fructificados, y poco más.

Un raquítico Acer palmatum nos habla de que a alguien ya se le ocurrió dar algo de color al jardín en otoño, pero es muy insuficiente.

Osteospermum ecklonis invadiendo otra zona
La Osteospermun ecklonis púrpura es otra de las excepciones de color en este ceniciento jardín anticuado, pero tapada de las heladas por una lámina de plástico que aletea al viento y perjudica sus pétalos.

La jardinería inglesa y japonesa de otoño nos hablan de cómo combinar las especies para que luzcan atractivas al visitante no especializado, pues la afición llega antes por lo atractivo a la vista que por lo académicamente árido.

Plaza de Linneo, con su busto en la columna
Si queremos que la gente se entusiasme con la Jardinería y la Botánica,  si deseamos que amen las plantas para poder respetarlas, deberemos hacer bellos nuestros jardines, para que los niños urbanos estén deseosos de acudir, de perderse en sus sendas.



Urge un gran jardín botánico en Madrid, con un gran invernadero para plantas tropicales. Tenemos el Palacio de Cristal de El Retiro, ¿qué mejor que recuperarlo para su uso original, albergando flora tropical? Hoy está dedicado a exposiciones de escaso interés del Centro de Arte Reina Sofía.

Rama del Ulmus minor Pantalones
El Retiro es un parque grande con algunas zonas bellas, pero otras no son más que áreas de sombra llenas de plátanos, magnolios, abetos y pinos laricios abigarrados. Podría remodelarse para ofrecer una magnífica ampliación del Botánico actual.

Otras zonas posibles susceptibles de transformarse en jardines botánicos complementarios son el parque de Agustín Rodríguez Sahagún, Quinta de los Molinos y Dehesa de la Villa, en estas dos últimas respetando sus características originales.


Bonsai de Acer palmatum


Jardín inglés

Jardín japonés


Enlaces










miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sala de despiece, ¡guau, qué etiqueta!

Sala de Despiece
Salidas (y locas) por Madrid

Dentro de las salidas de las tardes-noches de los miércoles por Madrid no suele haber oportunidades para el asombro.

Hay bares nuevos este otoño en cada barrio, sí, muchos con un gran diseño, cocina creativa, cucuruchos de papel para frituras y gin-tonics como ensaladas. Pero todos por un estilo, con barras de madera a la sueca, taburetes para cigüeños y luces como de joyería.

En la calle Ponzano casi siempre acaba uno en El Alipio –con sus vinos asotanados, las tapas cutres y sus clientes maleducados y pijoteros- o en una más que aceptable vinoteca de poco más allá ... de cuyo nombre ni por asomo me acuerdo*, pero a la que acudo para mitigar los sinsabores previos.

Pero eso ya es historia jurásica, … porque la calle Ponzano se ha convertido en poco tiempo en una potente zona de vinos y gastronomía con tal oferta de media docena de sitios realmente buenos, que si vives por Chamberí ya no hará falta que te vayas de vinos a la Cava Baja o un par de provincias más allá.

Ya en la calle, en el tramo más cercano a la gasolinera, las luces blancas de un local nos atrajeron como moscas, sin remedio. Veníamos de tomarnos cerca un Melior decente con un pincho de salchicha con padrón bien frito y el listón empezó ya un poco más arriba de lo normal.

Pero al entrar en ese lumínico local con un tirador de puerta de congelador industrial, noté el asombro en mis comisuras: … decoración de cajas de corcho blanco para pescaos, mostrador de carnicería, y clientes haciendo genuflexiones para tomarse un vino al otro lado de la barra, pasando por debajo como en Casa Camacho o la Bodega de la Ardosa de la calle Colón, enseñando el tirachinas. 

Patatas fritas
Elegí un vino al azar, deseando que fuera ribera del Duero, algo así como cucut**, que me dijo un camarero que era Rioja.

Impresionado como estaba por el caldo riojano y su botella, no atendía a la marca, aunque intenté memorizarla varias veces, ocurriéndome como a las víctimas a las que asaltan a punta de pistola, que no recuerdan la cara de su agresor, en un “efecto armas” que ha evitado que pueda localizar siquiera el vino en una listado de marcas de Rioja, a pesar de los esfuerzos.


Chipirones al infierno
Ya en la barra

Nos pusieron de aperitivo una bolsa de patatas fritas anudada como las dos coletas de Pippi Långstrump, y se quedaron tan anchos. Nos miraba con su bocaza abierta, como la de un tiburón ... y le robamos las patatas con congoja.

En la barra, que era una mesa de operaciones, los sopletes, las pinzas y los envasados individuales de salsas nos daban una pista de cómo se las gastaba el propietario. Y así, de sopetón, nos entraron por los ojos unos chipirones sonrosados con una salsa de algo verdiamarillo, en un pegote oleico como de paleta de Van Gogh.

Cuando los sirvieron, debieron de haber cometidos unos cuantos pecados mortales por el camino, porque llegaron torraos.

La cara se me congestionó, pero el vino –brebaje divino si está bueno y cicuta de almas si es malo- me mantenía absorto ante el desfile de tanta eficacia y maniobras orquestales a plena luz.


Derritiendo la grasa a soplete
De segundo, pa epatar ...

Luego probamos con una cosa rara que terminaba en Yakuza, que es como la Mafia, y no era sino … uf, a ver cómo lo explico: un san jacobo de seis láminas cuadradas de magro de vaca envuelto en su propia grasa congelada, que a base de sopletazos se derrite sobre el mismo, al que se le separan las láminas con pinzas dobladas ad hoc, que se extienden, a las que por una sola cara se vuelven a sopletear hasta que cambian al gris y que se condimentan con láminas de ajo, té, wasabi, … más cosas … y sal Maldon, que no me molesté en preguntar si era del Blackwater.

Vaca estilo Yakuza, o algo así
El resultado visual fue impresionante, aunque el sabor de un buen bistec a la plancha lo dejaría KO a los puntos.


Y ahora ¿qué?

Después no nos quedamos sin postre. No sé lo que nos pusieron, dijimos ¡Eso! y vaciaron un vasito como de yogur y lo rodearon de frutas como frambuesas, moras cultivadas y gordotas, grosellas y coronaron con un top it de algo crujiente, pequeño y redondo que estaba en una bolsita transparente. 

Memorable.



Postre, a las bravas



Caecus
Notas

*Acabo de localizarla: La Lumbre, en c/ Ponzano, 51, junto con la Taberna Averías, las dos mejores vinotecas de la Calle Ponzano. Los demás bares tienen vino, pero no son vinotecas ;-)

**En diciembre de 2016 encontré la nota y habían escrito Cauecus, y he descubierto que es un Caecus Crianza de 2012.




Enlaces

Sala de Despiece

Todos los bares de la calle Ponzano, hasta donde se puede











Critica a Novecento, de Alessandro Baricco

Intérprete: Miguel Rellán
Compañía Bucharta
Teatro municipal Eduardo Úrculo
13/11/2015

El teatro Eduardo Úrculo
Los que quieren entrar sin pagar no cuentan

Dentro de lo que es la programación de los teatros municipales de Madrid, a veces se encuentran pequeñas joyas, por su contenido y por sus intérpretes: Novecento, el pianista del océano es una de ellas.

Sin embargo, querría haber titulado ésta crítica … “de asnos y mieles”, … o “ de margaritas y gorrinos”, … pero hoy estoy comedido.

He usado, sin embargo, un título sacado de una frase del genial Aki Kaurismäki, un director de cine especialmente rarito, que la soltó certero en su visita a Madrid en 2000.


Miguel Rellán en Novecento
Y todo transcurrió como sigue

Espero en el Eduardo Úrculo una pequeña cola de decenas de vecinos del barrio, entro, me acomodo en una de las últimas butacas y se abre el telón.

Divididos entre tercera y primera clases, como en el Titanic, el público asistió al monólogo de Miguel Rellán, el elegante y televisivo de la voz y la barba suaves. 

En las primeras filas y con billetes: primera clase. En las últimas filas, los rezagados, sin billete, representando la tercera clase, entre la que me encontraba INMERSO, en su marea de estar en la inopia.

El sopor me invadió a los 10 minutos de salir el actor en su traje gris y descolgué la cabeza sobre el pecho ... seguro que con leves ronquidos.

Pero hacia la mitad de la obra me despertaron una algarabía de toses asmáticas, el rumor de los envoltorios de caramelos baratos de menta y un murmullo descomunal de desaprobación de septuagenarias sordas, que, entre alienadas e indignadas, se arrastraban hacia la salida en pequeños grupos de comadres, mientras el clac clac de las muletas metálicas en el suelo y el clec clec de los dobles anillos de bodas en la barandilla de hierro conferían al ruido de la sala una estridencia de crucero de jubilados del IMSERSO desembarcando en el puerto de Barcelona.

A mi izquierda, atenta a todo, estaba una señora de mediana edad sentada, qué digo … escarranchada, dándome codazos en el costado cada vez que se desabrochaba un abrigo con una hebilla gordota, que golpeaba la butaca como los cinturones de los aviones en manos de un neófito.

Allí, acomodada con sus piernas sobre la butaca vacía de delante, se pasó la hora y pico interminable de actuación, en la que sólo le faltó regoldar.

Y entre tos y tos, una banda sonora de 6 ó 7 melodías impertinentes de cacharros móviles a todo meter, amenizaban los camarotes imaginarios, rivalizando con la voz de Rellán y el piano de Novecento.


El actor, que mal no estuvo

Miguel Rellán, un médico nacido en el Tetuán español, actuaba en el barrio madrileño de Tetuán de las Victorias. Propietario de un goya, como mejor actor de reparto; actor de cine, televisión y teatro.

Un señor mayor en plena forma, septuagenario y pareja de la maravillosa Rosa María Mateo, regalaba su dicción a un público que se dormía, que se revolvía en sus butacas, que desfilaba, entre indignado y aburrido hacia la puerta de salida. 

Otros, en cambio, más avisados, le prodigaron sonoros pero breves aplausos. Y valorábamos su entrega … 

La verdad es que asistir a una obra totalmente gratis en un buen teatro -de más de 10 millones de euros- que costaba a 20€ la entrada en el Teatro Español hacía sólo un año y cuya adaptación al cine costó 9 millones de dólares, merecía mayor respeto por parte del público.

Miguel Rellán no está para un Hamlet, dicho sea de paso, pero es un lujo poder acceder a un monólogo suyo para conocer una bonita historia de amor por la música y las personas como es Novecento.

La obra es larga, y la voz de Rellán no llena el auditorio. Grande de mímica, pero con lagunas de concentración –avivadas por el “selecto” público- no podemos decir que fuera una noche memorable.

Tampoco el texto, a veces farragoso y extranjerizante en la sintaxis, ayudaba más que a ratos.


El teatro gratis, para qué

Es notorio que llevar el teatro de calidad es una obligación de los gestores municipales, pero no sé si el público al que le gusta el teatro en Madrid –ciertamente mayorcito y de perfil menos sofisticado- agradecerá la programación de este tipo de obras: monólogos y obras ambientadas en paisajes ajenos a su acervo cultural, por mucho que se hayan situado mentalmente a proa con Dicaprio.

El teatro es un entretenimiento muy de los madrileños, muchos lo prefieren al cine, pero si la zarzuela chica se inventó para acceder al público menos cultivado, habría que inventar un género chico para representarlo en los teatros municipales de Madrid, o ¿por qué no? retomando el bufo madrileño. 

Apropósito, que es un género, temas hay para burlar y para reír. Que estamos en precampaña electoral. Ánimo con los guiones ácidos y, por favor, tosan antes de entrar y dejen los objetos metálicos y los móviles en la guardarropía.


Notas sobre la obra en el cine

La leyenda del pianista en el océano, también llamada La leyenda de 1900 y La leggenda del pianista sull'oceano en su versión original en italiano, es una película estrenada en 1998, dirigida por Giuseppe Tornatore y protagonizada por el actor británico Tim Roth, basada en el monólogo de teatro Novecento, del novelista y dramaturgo italiano Alessandro Baricco.


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jueves, 15 de octubre de 2015

La prudencia de José Herrero, léase

La Prudencia de José Herrero
Dos son compañía, tres son multitud

La región de la mente donde anidan los malos pensamientos es la misma en la que convergen los malvados y los tontos.

Margarita y Trinidad, dos asustadas envidiosas cacarean sobre sus miedos y sus manías sobre una mesa de Fin de Año, entre lucecitas y copas de cava rebosantes. Fuera sucede lo amenazante.

La hipocondría de una de ellas es mayor que la de la otra, que la supera en estupidez, pero sólo a ratos. El amargo dulzor de las pequeñas burbujas se les va subiendo a sus ya alocadas cabezas, para urdir, insidiosa e inadvertidamente, una complicidad contra una tercera mujer, que falta por acudir a la reunión.

Trinidad Cruz
Detrás de la puerta, una desconsolada Nina ansía unirse al dúo, pero con excusas peregrinas basadas en la fantasía de lo amenazante, fingen no conocerla, le niegan la entrada, exponiéndola al peligro, en el ejercicio de un juicio sumarísimo in absentia. Finalmente la dejan entrar.

La discusión se torna entonces violenta entre las tres, tomando a la agredida por agresora, victimizándose Margarita y Trinidad, en un bocamanga paradójico.

Y casi sin quererlo, se produce el desenlace más consecutivo al paroxismo. Pero el silencio revela un mensaje, que Nina lleva prendido de su inocente vestido de tul.

La realidad de esa noche cobra entonces su verdadera dimensión de certeza, cuando durante toda la noche no había sido sino un ejercicio de autosugestión debido al miedo de haber perdido la seguridad, por pavor a lo desconocido.

Nina Ikonen
Se inicia ahora una angustiosa espera, que proporciona a sus protagonistas un motivo real de preocupación, situándolas del lado ominoso, consumando el esperpento de su actuación, que no es más angustiosa que la imaginaria espera, si no fuera porque ahora lo de fuera ya está dentro, y quien está más allá vendrá por los de más acá.

Margarita es Melissa Cardona, Trinidad es Trinidad Cruz y Nina es Nina Ikonen. Melissa  y Trinidad entablan un memorable diálogo de locas coherentes en el que están magníficas.

Tal vez un mayor grado de histrionismo hizo aflorar una actuación más lustrada en la colombiana Melissa, a la que la dicción le desaparece como por ensalmo, coronada por un gorro de fiesta perteneciente al rococó de Río de Janeiro, un gran acierto del director, tan atento a la vanguardia escénica como al clasicismo formal de sus textos.

Nina Ikonen vuelve a repetir papel de víctima, como ya lo hiciera en la excelente Runar y Kyllikki, del mismo director, y está convincente y resuelta.

José Herrero ha adaptado los textos de La Prudencia, la exitosa y breve tragicomedia de 60’ del argentino Claudio Gotbeter, ambientada en la Argentina de la inseguridad ciudadana real, pero acechada por los miedos imaginarios.

La Prudencia es una obra bien enmarcada en su tiempo argentino por su autor, pero que la adaptación de Herrero no da la suficiente sensación de peligro externo, tal vez porque el espectador es otro.

O quizá no ha querido trasladar las circunstancias a este tiempo español, donde las inquietudes van más por la inseguridad laboral y de valores que por los miedos a ser robado y asesinado.

Sin embargo dota a esta singular obra de una agilidad en los textos que la hace divertida y extravagante, y a tenor de algún público, que permaneció en sus butacas largo tiempo después de su conclusión, supo a poco.

Tal vez Don Claudio se anime a continuarla ambientando la segunda parte en una noche de Halloween.

Obra:
La Prudencia, de Claudio Gotbeter

Dirección:
José Herrero

Actrices:
Melissa Cardona como Margarita
Trinidad Cruz como Trinidad
Nina Ikonen como Nina

Lugar:
La Casa del Reloj, Matadero de Madrid
Sábado, 3 de octubre de 2015