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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Cultivar plantas en las terrazas y casas de Castilla

Cencellada en invierno en Valladolid
Fuente: https://ociovalladolid.com/

Mi afición a las plantas viene de lejos. Mi abuela paterna extremeña y mi madre canaria tenían la casa llena de plantas, y la presencia de vegetales caseros ha sido consustancial a mi infancia.

El hecho de vivir en una casa con una enorme terraza en el inhóspito clima para las plantas de Valladolid hizo que mi madre se dedicara a las plantas de interior.

Ficus, coleos, aspidistras, begonias, pendientes de la reina, kentias, potos y bastantes más han estado acompañándonos durante décadas, las mismas o sus clones.

Las quejas de mi madre porque las visitas le robaban esquejes de la planta del dinero que tenía en la escalera me calaron profundamente: ¿por qué roban a una amiga? ¿por qué precisamente esa planta? ¿y por qué mi madre no se disgustaba especialmente?

Verano en la provincia de Valladolid
Fuente: https://valladolidenbici.wordpress.com/

Ahí colegí que el tema de las plantas era algo más que una manía decorativa de las señoras que los señores no entendían, encogiéndose de hombros ante una actividad sentimental de las mujeres, como antaño cuidar un canario o bordar junto a la ventana cuando acababan las tareas de la casa.

Lo cierto es que mi madre siempre ha tenido lo que llaman en Alemania un "dedo verde" (Er hat einen grünen Daumen). Sus Ficus elastica son vigorosos y necesitan guías para no caer con el peso de sus hojas, sus potos cuelgan junto a las ventanas de los baños como lianas, los difíciles coleos medran en los alféiceres de las ventanas del comedor buscando la luz con muchas ganas, y las kentias alegran con su tamaño selvático desde los maceteros del salón.


El divorcio acuático de los hombres y las mujeres surgió cuando los albañiles construyeron las terrazas de España para tender la ropa, sin un solo grifo* de donde las mujeres pudieran sacar agua para regar las plantas, y por eso las refugiaron en las casas.

Siempre me acuerdo de esos albañiles, constructores y arquitectos, y especialmente de sus madres, cada vez que riego las plantas durante 15 largos y pesados minutos porque no tengo un puto grifo tampoco en mi terraza actual.

Las plantas de interior nunca me han gustado demasiado ni se me han dado bien. Tengo un poto raquítico; un cactus de Navidad que apenas da flores, una areca (Chysalidocarpus lutescens) más bien depauperada; una Dracena marginata de lentísimo crecimiento que no necesita apenas cuidados; una Monstera deliciosa heredada de la abuela de mi mujer, y que crece por donde le parece con la hojas hechas un desastre; y 3 cactus de los que me olvido casi siempre y siempre están ahí, impertérritos.

Chrysalidocarpus lutescens
Fuente: Internet

Por el camino se quedaron varias Phalaenopsis, una Bromelia y un Spathiphyllum en cultivo hidropónico en la pecera de un koi. Posiblemente por exceso de riego. Y en mi casa anterior dos Pachira aquatica imbricadas artificialmente, cuyo engañoso nombre me llevó a matarlas por lo mismo cuando ya se extendían por el techo interior como un ser verde descontrolado y acongojante.

En cambio, mi pulgar verde -en exteriores- y la perseverancia castellana por crianza (el cerdo se hace donde crece, no donde nace) me llevaron a poblar la enorme terraza vallisoletana, de fuegos veraniegos y hielos invernales, con una multitud de plantas recolectadas de mis viajes y excursiones, principalmente por las montañas y barrancos españoles y las llanuras centroeuropeas, con notable éxito y un enorme esfuerzo, plantando, cultivando y acarreando un centenar de litros en regaderas y cubos cada vez que tenía que regar, o extendiendo desde la cocina en verano una manguera de 12 metros que atravesaba toda la casa.

Geranio-pelargonio
Fuente: Internet

Así, lucían espléndidos geranios y pelargonios, que son realmente lo mismo, cuando la pestilente mariposa del geranio todavía no estaba por allí. Aunque tardó pocos años en descubrirlos a raíz de importaciones con geranios (perdón, pelargonios) infectados desde sus hogares surafricanos. Y grandes y floridas adelfas de 3 colores.

Las quercíneas, algunas tan especiales como la Q. lusitanica, se entremezclaban; los árboles y arbustos mediterráneos y del interior del continente proliferaban, algunos con sus cortejos florísticos incluidos, y, si bien, no recuerdo donde apunté las especies que tenía, me atrevo a decir que en esa terraza de casi 60 m² no habrían menos de 60 tipos de plantas, de la Macaronesia a la Indonesia; las menos, protegidas por pequeños y rústicos invernaderos, y las más, sometidas a las inclemencias en jardineras de barro e inapropiadas macetas de plástico, donde, sin embargo, me saludaban poblándose de hojas cada primavera.

Washingtonia filifera
Fuente: Internet

Una desgracia familiar y un cambio de domicilio, junto a las obligaciones laborales en Madrid, dieron al traste con ese tesoro botánico. Además, el Ayuntamiento vallisoletano y las empresas constructoras de la ciudad aprovecharon la coyuntura para arrasar en el perímetro de la casa: 4 Thujas de 5 m, 3 Washingtonia filifera desarrolladas, un almendro que daba cada año más de 20 kg de magníficos y dulces frutos, un pino piñonero de dos metros y grueso tronco y un Agave americana de gran tamaño, además de varios escaramujos que ya daban jugosos frutos.

El jardín intramuros perdió sus cuatro grandes arces sicómoros, sus álamos, dos enormes y bien formados lilos y todos sus rosales por falta de riego. Tan sólo una hiedra tímida, una Robinia pseudoacacia y un valioso Ulmus minor plantado por mí sobreviven a la debacle, esperando que la arboricida administración vallisoletana y sus empresas inmobiliarias depredadoras y socias no le echen mano para acabar con ellos también para poner plantas compradas en amables viveros y una capa de cemento alrededor.

De aquella catástrofe no tengo el recuerdo de si salvé algún vegetal en concreto, tal fue el impacto emocional de aquellos meses. Pero sí sé que algunas plantas viajaron conmigo, primero a Salamanca y luego a Madrid. Después, otro acontecimiento traumático y sucesivas mudanzas creo que terminaron con cualquier superviviente del proyecto inicial de 1985.

Desde 2010 he reiniciado un nuevo proyecto en una terraza de unos 6 m², esta vez de la ciudad de Madrid, con veranos de más temperatura, pero menos tórridos, e inviernos no tan ventosos y nada engelantes, donde las temperaturas bajo cero, últimamente, no son ni 10 días al año.

Pero esta es otra historia, que paso a describir en el siguiente artículo.


Nota

*El primer grifo doméstico en España se instaló en un sótano de la calle Valverde de Madrid en 1858 por el ingeniero Lucio del Valle, el mismo que construyó el embalse fallido del Pontón de la Oliva, cuyas filtraciones del terreno costaron 127 millones de reales, que se despilfarraron por errores de diseño.

El primer grifo de Madrid


Enlaces

Riego para balcón sin grifo ni enchufe