miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sala de despiece, ¡guau, qué etiqueta!

Sala de Despiece
Salidas (y locas) por Madrid

Dentro de las salidas de las tardes-noches de los miércoles por Madrid no suele haber oportunidades para el asombro.

Hay bares nuevos este otoño en cada barrio, sí, muchos con un gran diseño, cocina creativa, cucuruchos de papel para frituras y gin-tonics como ensaladas. Pero todos por un estilo, con barras de madera a la sueca, taburetes para cigüeños y luces como de joyería.

En la calle Ponzano casi siempre acaba uno en El Alipio –con sus vinos asotanados, las tapas cutres y sus clientes maleducados y pijoteros- o en una más que aceptable vinoteca de poco más allá ... de cuyo nombre ni por asomo me acuerdo*, pero a la que acudo para mitigar los sinsabores previos.

Pero eso ya es historia jurásica, … porque la calle Ponzano se ha convertido en poco tiempo en una potente zona de vinos y gastronomía con tal oferta de media docena de sitios realmente buenos, que si vives por Chamberí ya no hará falta que te vayas de vinos a la Cava Baja o un par de provincias más allá.

Ya en la calle, en el tramo más cercano a la gasolinera, las luces blancas de un local nos atrajeron como moscas, sin remedio. Veníamos de tomarnos cerca un Melior decente con un pincho de salchicha con padrón bien frito y el listón empezó ya un poco más arriba de lo normal.

Pero al entrar en ese lumínico local con un tirador de puerta de congelador industrial, noté el asombro en mis comisuras: … decoración de cajas de corcho blanco para pescaos, mostrador de carnicería, y clientes haciendo genuflexiones para tomarse un vino al otro lado de la barra, pasando por debajo como en Casa Camacho o la Bodega de la Ardosa de la calle Colón, enseñando el tirachinas. 

Patatas fritas
Elegí un vino al azar, deseando que fuera ribera del Duero, algo así como cucut**, que me dijo un camarero que era Rioja.

Impresionado como estaba por el caldo riojano y su botella, no atendía a la marca, aunque intenté memorizarla varias veces, ocurriéndome como a las víctimas a las que asaltan a punta de pistola, que no recuerdan la cara de su agresor, en un “efecto armas” que ha evitado que pueda localizar siquiera el vino en una listado de marcas de Rioja, a pesar de los esfuerzos.


Chipirones al infierno
Ya en la barra

Nos pusieron de aperitivo una bolsa de patatas fritas anudada como las dos coletas de Pippi Långstrump, y se quedaron tan anchos. Nos miraba con su bocaza abierta, como la de un tiburón ... y le robamos las patatas con congoja.

En la barra, que era una mesa de operaciones, los sopletes, las pinzas y los envasados individuales de salsas nos daban una pista de cómo se las gastaba el propietario. Y así, de sopetón, nos entraron por los ojos unos chipirones sonrosados con una salsa de algo verdiamarillo, en un pegote oleico como de paleta de Van Gogh.

Cuando los sirvieron, debieron de haber cometidos unos cuantos pecados mortales por el camino, porque llegaron torraos.

La cara se me congestionó, pero el vino –brebaje divino si está bueno y cicuta de almas si es malo- me mantenía absorto ante el desfile de tanta eficacia y maniobras orquestales a plena luz.


Derritiendo la grasa a soplete
De segundo, pa epatar ...

Luego probamos con una cosa rara que terminaba en Yakuza, que es como la Mafia, y no era sino … uf, a ver cómo lo explico: un san jacobo de seis láminas cuadradas de magro de vaca envuelto en su propia grasa congelada, que a base de sopletazos se derrite sobre el mismo, al que se le separan las láminas con pinzas dobladas ad hoc, que se extienden, a las que por una sola cara se vuelven a sopletear hasta que cambian al gris y que se condimentan con láminas de ajo, té, wasabi, … más cosas … y sal Maldon, que no me molesté en preguntar si era del Blackwater.

Vaca estilo Yakuza, o algo así
El resultado visual fue impresionante, aunque el sabor de un buen bistec a la plancha lo dejaría KO a los puntos.


Y ahora ¿qué?

Después no nos quedamos sin postre. No sé lo que nos pusieron, dijimos ¡Eso! y vaciaron un vasito como de yogur y lo rodearon de frutas como frambuesas, moras cultivadas y gordotas, grosellas y coronaron con un top it de algo crujiente, pequeño y redondo que estaba en una bolsita transparente. 

Memorable.



Postre, a las bravas



Caecus
Notas

*Acabo de localizarla: La Lumbre, en c/ Ponzano, 51, junto con la Taberna Averías, las dos mejores vinotecas de la Calle Ponzano. Los demás bares tienen vino, pero no son vinotecas ;-)

**En diciembre de 2016 encontré la nota y habían escrito Cauecus, y he descubierto que es un Caecus Crianza de 2012.




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Sala de Despiece

Todos los bares de la calle Ponzano, hasta donde se puede











Critica a Novecento, de Alessandro Baricco

Intérprete: Miguel Rellán
Compañía Bucharta
Teatro municipal Eduardo Úrculo
13/11/2015

El teatro Eduardo Úrculo
Los que quieren entrar sin pagar no cuentan

Dentro de lo que es la programación de los teatros municipales de Madrid, a veces se encuentran pequeñas joyas, por su contenido y por sus intérpretes: Novecento, el pianista del océano es una de ellas.

Sin embargo, querría haber titulado ésta crítica … “de asnos y mieles”, … o “ de margaritas y gorrinos”, … pero hoy estoy comedido.

He usado, sin embargo, un título sacado de una frase del genial Aki Kaurismäki, un director de cine especialmente rarito, que la soltó certero en su visita a Madrid en 2000.


Miguel Rellán en Novecento
Y todo transcurrió como sigue

Espero en el Eduardo Úrculo una pequeña cola de decenas de vecinos del barrio, entro, me acomodo en una de las últimas butacas y se abre el telón.

Divididos entre tercera y primera clases, como en el Titanic, el público asistió al monólogo de Miguel Rellán, el elegante y televisivo de la voz y la barba suaves. 

En las primeras filas y con billetes: primera clase. En las últimas filas, los rezagados, sin billete, representando la tercera clase, entre la que me encontraba INMERSO, en su marea de estar en la inopia.

El sopor me invadió a los 10 minutos de salir el actor en su traje gris y descolgué la cabeza sobre el pecho ... seguro que con leves ronquidos.

Pero hacia la mitad de la obra me despertaron una algarabía de toses asmáticas, el rumor de los envoltorios de caramelos baratos de menta y un murmullo descomunal de desaprobación de septuagenarias sordas, que, entre alienadas e indignadas, se arrastraban hacia la salida en pequeños grupos de comadres, mientras el clac clac de las muletas metálicas en el suelo y el clec clec de los dobles anillos de bodas en la barandilla de hierro conferían al ruido de la sala una estridencia de crucero de jubilados del IMSERSO desembarcando en el puerto de Barcelona.

A mi izquierda, atenta a todo, estaba una señora de mediana edad sentada, qué digo … escarranchada, dándome codazos en el costado cada vez que se desabrochaba un abrigo con una hebilla gordota, que golpeaba la butaca como los cinturones de los aviones en manos de un neófito.

Allí, acomodada con sus piernas sobre la butaca vacía de delante, se pasó la hora y pico interminable de actuación, en la que sólo le faltó regoldar.

Y entre tos y tos, una banda sonora de 6 ó 7 melodías impertinentes de cacharros móviles a todo meter, amenizaban los camarotes imaginarios, rivalizando con la voz de Rellán y el piano de Novecento.


El actor, que mal no estuvo

Miguel Rellán, un médico nacido en el Tetuán español, actuaba en el barrio madrileño de Tetuán de las Victorias. Propietario de un goya, como mejor actor de reparto; actor de cine, televisión y teatro.

Un señor mayor en plena forma, septuagenario y pareja de la maravillosa Rosa María Mateo, regalaba su dicción a un público que se dormía, que se revolvía en sus butacas, que desfilaba, entre indignado y aburrido hacia la puerta de salida. 

Otros, en cambio, más avisados, le prodigaron sonoros pero breves aplausos. Y valorábamos su entrega … 

La verdad es que asistir a una obra totalmente gratis en un buen teatro -de más de 10 millones de euros- que costaba a 20€ la entrada en el Teatro Español hacía sólo un año y cuya adaptación al cine costó 9 millones de dólares, merecía mayor respeto por parte del público.

Miguel Rellán no está para un Hamlet, dicho sea de paso, pero es un lujo poder acceder a un monólogo suyo para conocer una bonita historia de amor por la música y las personas como es Novecento.

La obra es larga, y la voz de Rellán no llena el auditorio. Grande de mímica, pero con lagunas de concentración –avivadas por el “selecto” público- no podemos decir que fuera una noche memorable.

Tampoco el texto, a veces farragoso y extranjerizante en la sintaxis, ayudaba más que a ratos.


El teatro gratis, para qué

Es notorio que llevar el teatro de calidad es una obligación de los gestores municipales, pero no sé si el público al que le gusta el teatro en Madrid –ciertamente mayorcito y de perfil menos sofisticado- agradecerá la programación de este tipo de obras: monólogos y obras ambientadas en paisajes ajenos a su acervo cultural, por mucho que se hayan situado mentalmente a proa con Dicaprio.

El teatro es un entretenimiento muy de los madrileños, muchos lo prefieren al cine, pero si la zarzuela chica se inventó para acceder al público menos cultivado, habría que inventar un género chico para representarlo en los teatros municipales de Madrid, o ¿por qué no? retomando el bufo madrileño. 

Apropósito, que es un género, temas hay para burlar y para reír. Que estamos en precampaña electoral. Ánimo con los guiones ácidos y, por favor, tosan antes de entrar y dejen los objetos metálicos y los móviles en la guardarropía.


Notas sobre la obra en el cine

La leyenda del pianista en el océano, también llamada La leyenda de 1900 y La leggenda del pianista sull'oceano en su versión original en italiano, es una película estrenada en 1998, dirigida por Giuseppe Tornatore y protagonizada por el actor británico Tim Roth, basada en el monólogo de teatro Novecento, del novelista y dramaturgo italiano Alessandro Baricco.


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jueves, 15 de octubre de 2015

La prudencia de José Herrero, léase

La Prudencia de José Herrero
Dos son compañía, tres son multitud

La región de la mente donde anidan los malos pensamientos es la misma en la que convergen los malvados y los tontos.

Margarita y Trinidad, dos asustadas envidiosas cacarean sobre sus miedos y sus manías sobre una mesa de Fin de Año, entre lucecitas y copas de cava rebosantes. Fuera sucede lo amenazante.

La hipocondría de una de ellas es mayor que la de la otra, que la supera en estupidez, pero sólo a ratos. El amargo dulzor de las pequeñas burbujas se les va subiendo a sus ya alocadas cabezas, para urdir, insidiosa e inadvertidamente, una complicidad contra una tercera mujer, que falta por acudir a la reunión.

Trinidad Cruz
Detrás de la puerta, una desconsolada Nina ansía unirse al dúo, pero con excusas peregrinas basadas en la fantasía de lo amenazante, fingen no conocerla, le niegan la entrada, exponiéndola al peligro, en el ejercicio de un juicio sumarísimo in absentia. Finalmente la dejan entrar.

La discusión se torna entonces violenta entre las tres, tomando a la agredida por agresora, victimizándose Margarita y Trinidad, en un bocamanga paradójico.

Y casi sin quererlo, se produce el desenlace más consecutivo al paroxismo. Pero el silencio revela un mensaje, que Nina lleva prendido de su inocente vestido de tul.

La realidad de esa noche cobra entonces su verdadera dimensión de certeza, cuando durante toda la noche no había sido sino un ejercicio de autosugestión debido al miedo de haber perdido la seguridad, por pavor a lo desconocido.

Nina Ikonen
Se inicia ahora una angustiosa espera, que proporciona a sus protagonistas un motivo real de preocupación, situándolas del lado ominoso, consumando el esperpento de su actuación, que no es más angustiosa que la imaginaria espera, si no fuera porque ahora lo de fuera ya está dentro, y quien está más allá vendrá por los de más acá.

Margarita es Melissa Cardona, Trinidad es Trinidad Cruz y Nina es Nina Ikonen. Melissa  y Trinidad entablan un memorable diálogo de locas coherentes en el que están magníficas.

Tal vez un mayor grado de histrionismo hizo aflorar una actuación más lustrada en la colombiana Melissa, a la que la dicción le desaparece como por ensalmo, coronada por un gorro de fiesta perteneciente al rococó de Río de Janeiro, un gran acierto del director, tan atento a la vanguardia escénica como al clasicismo formal de sus textos.

Nina Ikonen vuelve a repetir papel de víctima, como ya lo hiciera en la excelente Runar y Kyllikki, del mismo director, y está convincente y resuelta.

José Herrero ha adaptado los textos de La Prudencia, la exitosa y breve tragicomedia de 60’ del argentino Claudio Gotbeter, ambientada en la Argentina de la inseguridad ciudadana real, pero acechada por los miedos imaginarios.

La Prudencia es una obra bien enmarcada en su tiempo argentino por su autor, pero que la adaptación de Herrero no da la suficiente sensación de peligro externo, tal vez porque el espectador es otro.

O quizá no ha querido trasladar las circunstancias a este tiempo español, donde las inquietudes van más por la inseguridad laboral y de valores que por los miedos a ser robado y asesinado.

Sin embargo dota a esta singular obra de una agilidad en los textos que la hace divertida y extravagante, y a tenor de algún público, que permaneció en sus butacas largo tiempo después de su conclusión, supo a poco.

Tal vez Don Claudio se anime a continuarla ambientando la segunda parte en una noche de Halloween.

Obra:
La Prudencia, de Claudio Gotbeter

Dirección:
José Herrero

Actrices:
Melissa Cardona como Margarita
Trinidad Cruz como Trinidad
Nina Ikonen como Nina

Lugar:
La Casa del Reloj, Matadero de Madrid
Sábado, 3 de octubre de 2015












lunes, 12 de octubre de 2015

Un bar ucraniano en Madrid

En Madrid ya no sólo existe la Mahou

El bar Racer es uno de esos extraños lugares que ha aportado la inmigración a Chamberí.

Muy cerca de Cuatro Caminos se encuentra una antigua panadería con techos de escayola reconvertida en bar restaurante de motos y cervezas ... ucranianas.

Hace algo más de un año hablaba con su propietario sobre el local y su pasión por las motos, patente en todos los recuerdos que exhibe en sus paredes. Incluso de cuando en el Retiro se hacían carreras.

La entrada no parece gran cosa, pero al fondo se encuentra un cómodo salón de ambiente rojo con grandes sillones para degustar enormes y sabrosas cervezas de Ucrania. Europa es lo que tiene, y en cualquier rincón hay monumentos, historia y grandes cervezas.

Esta vez me dejé recomendar y degusté unos exquisitos blinis de la casa, aunque con la Пиво (pivo) o cerveza ya me atreví yo solo: pedí unas excelentes Львівське (Lvivske) y Арсенал (Arsenal), que sin ser especialidades para gourmets, sí nos dan una idea de los tamaños y sabores que por allí se estilan.

Madrid, paraíso de la caña fría en vaso pequeño y la banderilla de encurtidos, va dando poco a poco pasos hacia la variedad regional e internacional. Y no hace falta que te eches una novia del Este, lleva a la que tengas -por paleta que sea- a tomarse una cerveza con blinis por Chamberí.


Dónde

C/ Bravo Murillo, 70


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lunes, 10 de agosto de 2015

Chema Madoz, pescado hervido apenas sin sal

El ojo surrealista, un atisbo de sexo
Chema Madoz es un fotógrafo conceptual, en cuanto que quiere trasladar al espectador un concepto o idea, de forma que la fotografía es una expresión general de la idea, que ya anida en nosotros previamente.

Así se producen el reconocimiento y las sensaciones de ajá, que nos hacen sentirnos inteligentes o perspicaces si acertamos con la adivinanza. Estos juegos con el espectador tienen una parte de conocimiento compartido y de conocimiento privado del fotógrafo, que pretende comunicar, pero que incluso puede ocultar un significado, o apenas sugerirlo a un selecto grupo de entendedores.

No diré que se trata de un dechado de ingenio, pero esta exposición es entretenida. El blanco y el negro y los grandes formatos visten las paredes claras sin estridencia, intentando que los mensajes sutiles fluyan sin disturbio hacia el ojo del mirón.

Hay fotografías curiosas, otras ya muy manidas, o tan simples –como el columpio infantil que imita un cinturón de castidad-, que no sugieren nada más allá de una semejanza pueril de un infante travieso, al que su madre le ha dicho que es muy inteligente.

La composición fotográfica bien trabajada de Madoz lo convierte en un currante de primer orden, pero es cansino y repetitivo en exceso con sus relojes adosados a casi cualquier cosa, con sus partituras y otros motivos ya aburridores. Parece como si quisiera aprovechar todos los objetos de su estudio, donde no hay nada realmente excepcional.

Aún así, se ha conseguido reunir una colección fotográfica que más que a gloria del artista, me resulta pedagógica, tan académica que ejemplifica perfectamente qué es la fotografía conceptual. Sin embargo adolece de pasión, con unas naturalezas aún más muertas si cabe, porque Madoz las constriñe a una sola idea, que el observador debe rebuscar, embalsamada en la idea primigenia, dictatorial y dirigista, que nos maniata incómodamente pero que no produce placer alguno.

No es una exposición prescindible, empero, plena de ideas con las que inspirar a los fotógrafos que deseen seguir por la senda del mensaje, y ejemplo de un ingenio escasamente afilado que remueva los intelectos más críticos e incisivos.

La exposición reúne 124 fotografías en blanco y negro sobre papel ‘baritado’, ordenada por series y tamaños, representando su capacidad creativa entre los años 2008 y 2014.


La sala de exposiciones Alcalá 31

La ocupa la gran nave abovedada del antiguo patio de operaciones del Banco Mercantil e Industrial. Ubicada en el edificio de Antonio Palacios levantado entre 1935 y 1943, en la actualidad depende de la Comunidad de Madrid.

Tras la remodelación profunda realizada por los arquitectos José Luis Íñiguez de Onzoño e Ignacio de las Casas, el edificio se reinauguró en el año 2002 para albergar oficinas de la Consejería de Empleo, Turismo y Cultura y esta sala de exposiciones.


Dónde

Del 13 de mayo a 2 de agosto de 2015.
c/ Alcalá 31, Madrid.


Enlaces, notas y apéndice inflamado

Dalí, 1958. X. Miserachs
Web de Chema Madoz

Chema Madoz fue Premio Nacional de Fotografía en 2000, un premio que han ganado, entre otros: Alberto García-Alix, Ouka Leele y Alberto Schommer. Bueno es estar, si se es bueno, o en su defecto, original; pero que no ha ganado, por ejemplo, el neorrealista Xavier Miserachs, y que también ganaron Ramón Masats, qué menos, y Colita, vaya.

Xavier Miserachs ha hecho real el dicho "Si no soy más tuerto es porque ya soy ciego". Referido a la "vista" de los jueces del mejor premio para los fotógrafos de España.




G. García Márquez, 1969. Colita 
Colita rechazó el premio en 2014, haciendo ascos a 30.000 € y plagiando el desplante de Jordi Savall, Javier Marías, Josep Soler y Santiago Serra. Aunque a tenor de lo visto, no es lo único que plagia, con bastante poca gracia, por cierto.

La corrección política obliga a echar mano de lo que hay, cayendo en el ridículo y la injusticia por el "qué dirán", que no es sino la dictadura babosa y deseosa de aplausos, para encumbre de mediocres.

Ah, la política, qué poco le da al arte.





Fuente: http://elotroblog.pedroarroyo.es/2010_10_01_archive.html



Antecedentes de los fotógrafos españoles:


Kurt Hielscher a principios del siglo XX

José Ortiz Echagüe, posiblemente el mejor fotógrafo español hasta el momento.


Pescador, Ortiz Echagüe


Roncesvalles, Ortiz Echagüe











sábado, 8 de agosto de 2015

Lluvia de barro sobre Madrid

Lluvia de barro en Madrid, agosto 2015
Llevamos con una super ola de calor desde el 26 de junio en España. Y estamos ya a 8 de agosto. En muchos territorios las temperaturas medias han subido hasta más de dos grados durante el mes de julio, convirtiéndolo en el más caluroso desde que se tienen registros sistemáticos, hace más de 150 años.

En esta isla de calor que es Madrid, durante estas interminables semanas, apenas han caído cuatro gotas, literalmente, pues las nubes de lluvia que cubrieron una parte del cielo durante menos de 48 horas descargaron sólo unos cuantos goterones, ya que la mayor parte de la lluvia se evaporaba mientras caía desde las nubes debido al intenso calor.

Hoy, durante la madrugada del 8 de agosto, me despertó la lluvia en el norte de la ciudad, pero debido a lo inusual del meteoro, pensé en quizá una ilusión auditiva. Esta mañana, el suelo de mi terraza y la tumbona entera amanecieron cubiertas de polvo con las huellas gruesas de agua de lluvia.

Nunca había visto tal cantidad de polvo tras la lluvia, y pensé incluso en salpicaduras desde el suelo, pero no podía ser, porque regué intensamente la terraza el día anterior y había huellas inequívocas. Además, frotando con el dedo no se quitaba, y apenas después de regar a presión.

Un tono amarillento tomó el agua que se escurría hacia el sumidero después de volver a regar la terraza. Realmente lo que había pasado es el fenómeno conocido como “lluvia de barro”, que ocurre cuando el polvo en suspensión que proviene del desierto del Sáhara es arrastrado hasta la tierra por la acción de la lluvia.


Cosas del cambio climático o simplemente de la variabilidad atmosférica

En España existen casi 80 grados centígrados de diferencia entre el valor más alto y el más bajo de los que se tiene constancia científica, a través de los registros de temperatura atmosférica a nivel del suelo.

La temperatura más baja que se ha registrado en nuestro país corresponde a la ola de frío de febrero de 1956. Por aquellos tiempos en muchos lugares la temperatura bajó de los 20 grados bajo cero, pero en el embalse de Gento (Lérida) situado a más de 2000 metros de altitud sobre el nivel del mar, la temperatura bajó de forma oficial a los -32,0º C el día 2 de febrero.

Se cree que en otros puntos más altos del Pirineo la temperatura pudo llegar aquella madrugada hasta los 40 grados bajo cero.

El récord de temperatura mínima más baja correspondiente a una capital de provincia se dio en Albacete, con un registro que llegó hasta los -24º C el 3 de enero de 1971.

Por encima de los 47º C sí que hemos estado.  De forma oficial el 4 de julio de 1994 en Murcia se alcanzaron los 47,2º C. Córdoba y Sevilla comparten la segunda plaza con un registro de 46,6º C, que en ambas ciudades se registró en la ola de calor de 1995.

Otras impresionantes temperaturas fueron:

49,8º C en Sevilla el 11 de julio de 1873

47,5º C en Masca (Santa Cruz de Tenerife) el 17 de julio de 1978.


Enlaces

Temperaturas extremas registradas en España











viernes, 7 de agosto de 2015

El chorizo, un símbolo nacional truculento

Chorizo Palcarsa, joer, qué asco.
¿Por qué a los ladrones los llaman chorizos?

“El chorizo de mi pueblo es lo mejor del mundo” es una frase tan extendida y defendida ad náuseam que me asalta cada vez que preparo macarrones con un chorizo malo.

En mis excursiones norte y centroeuropeas he visto en los supermercados un aceptable chorizo hecho en Alemania que está a medio camino entre el salami y la sobrasada.

Esta vez también, los miopes y poco preparados pequeños empresarios del sector alimentario español se están dejando comer el terreno. Pero ¿por qué? 

De un tiempo a esta parte proliferan los chorizos con menos aditivos, pero con unos pegotes de grasa irreductibles en crudo que se te encajan entre las muelas y atascan las arterias y la paciencia. Los chorizos de los supermercados son hoy hechos por chorizos. Dentro de la tripa se expresan en sus ambiciones y ansias de engañar para sacar réditos.

Aún a sabiendas de la doble etimología de la palabra, jugaremos con la misma, con el descaro de los fabricantes de embutidos con pimentón.

Poseo una buena colección de cuchillos afilados, que me permiten sacar lonchas transparentes de un buen lomo, hasta para poder apagar una vela de un soplido a través de ellas. Pero con el chorizo son incapaces de hacer un 10% de rodajas comestibles, plenas como están de grumos de grasas y otras piltrafas sólidas, como cartílagos y restos vergonzantes.

Macarrones con chorizo indeterminado. Fuente: Internet
Esto me ha ocurrido con chorizos de todas clases, de Toledo, de Segovia, de La Rioja, ..., desde el de Mercadona hasta el Palacios, antes tan aceptable. Pero hasta hoy, por indignación, no me había sentado a escribir sobre ello.

El chorizo Palcarsa, hecho en León, una tierra de afamados chorizos pero sin justificación alguna, llegó a mi casa de la mano del Carrefour de Cuatro Caminos.

Cuando corto chorizo para los macarrones tengo la insana costumbre de comer un poco de chorizo crudo antes de echarlo a la sartén. Recuerdo los bocadillos de chorizo de antaño, tal vez el pan ayudara a la molienda de las grasas, pero era comestible y apetitoso.

Pero la semana pasada mordí un pedazo de hueso o cartílago del susodicho y detestable embutido Palcarsa que casi se lleva por delante uno de mis premolares. Realmente estoy hasta los huevos de los chorizos de todas clases. 

Cuando lo eché al infierno de la sartén vi como su grasa se reblandecía, pero pensaba en qué clase de bomba de mierda me estaría echando a las venas. Me imaginaba las paredes de mis arterias revestidas de pegotes grasientos, que una vez dentro de mi cuerpo, a 37 ºC, recobrarían la densidad original que tenían en el cerdo. Pensaba también en los estafadores que embuten cualquier cosa dentro de una tripa animal, sin pensar en el consumidor final, sino en llenar sus bolsillos y ajustarse a las dictaduras de los intermediarios.

Me venía a la cabeza la segunda acepción de la palabra chorizo: ladrón, y también la impresionada lectura de “La enzima prodigiosa” de Hiromi Shinya, donde abomina de las grasas de vaca, cerdo y pollo por ser animales de mayor temperatura corporal que la nuestra, y que por consiguiente esa grasa se disuelve mal en nuestro cuerpo.

El chorizo, un símbolo gastronómico “tan nuestro” debería ser regulado por el Estado como el jamón ibérico, por salud y para evitar estafas como la presente. 

Además, debería protegerse esa palabra y favorecer la exportación para evitar que otros hagan mejores chorizos y los vendan.

Y en cuanto al fuet, ídem de ídem.

Tomen nota, choricillos de tres al cuarto.