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lunes, 19 de marzo de 2012

Políticos de Madrid venden los nombres del Metro

Los políticos de Madrid, hartos de estrujarse el cerebro para conseguir ingresos, han utilizado el patrimonio de todos los madrileños -los nombres de sus estaciones de metro- para endilgarnos forzosamente -por huevos- la propaganda de unos teléfonos móviles coreanos.

Se trata de un atentado a la libertad de elección desde el capitalismo, neoliberalismo o como coñ ... quieran llamarlo que nos obliga a comulgar a la fuerza. Lo mismo que cuando te "colocan" un anuncio mezclado con las noticias, como pa que no te des cuenta.

Lo grave de este asunto es que el metro se utiliza por obligación, no por capricho, y la publicidad debe estar en su sitio. Si empezamos así, pronto repetiremos como papagayos la marca junto con la estación, inoculándonos las marcas sin defensa posible.

¿Acaso no se dió cuenta el imbécil promotor de aquesta modalidad que su libertad queda comprometida?

Metro de Madrid se confunde cuando permite la venta de discos piratas dentro de muchas estaciones, la venta de bolsos, ... cuando no es sensible a la crítica de su campaña cutre "Más por menos", cuando no abre al menos algunas estaciones 24 horas, cuando sube el billete sencillo un 50%, cuando día sí y día también las escaleras mecánicas no funcionan y se ven padres arrastrando los cochecitos de sus niños por las escaleras, los ascensores son irrespirables del olor y del calor, cuando en los vagones se cuece uno o se apiña como una sardina, cuando los revisores te acosan como perros de presa, en fin: el mejor metro del mundo, ...

Menos soberbia y más humildad para atender a los clientes, a los ciudadanos, a las personas.

Sólo falta ya que en la sopa de letras incluyan un software para que se ordenen, te den los buenos días y te vendan que el chorizo está de oferta en Mercadona.








viernes, 24 de febrero de 2012

Diálogos en el metro de Madrid

"A mí, me come usted el coño"
24/02/2012

Estación de metro de Cuatro Caminos, línea 1. Voy con prisa, pero sin apresurarme.

Entro en el vagón, casi lleno, y detrás de mí lo hacen dos pequeñas y redondeadas adolescentes con una niña de dos años. Una de ellas es de rasgos indios, como la niña, y la otra una preciosa y sexy jovencita escotada, de pelo rubio muy teñido.

Les ofrezco mi asiento para la niña, y después de rechazarlo efusiva y educadamente, optan por sentarse: la rubia con la niña encima.

La bella encandila con sus ojos negros a los viajeros del vagón, y especialmente a un chico suramericano que, de pie, se asoma al bonito escote de lencería rosa. Sujeto a uno de los tirantes y aprisionado al prístino pecho, un mechero bic, despierta la envidia.

Con otro mechero enseña a la niña a encenderlo: una, dos, tres veces, ... Yo, ya de pie, miro de reojo al escote, ... y al mechero de la niña preocupado. Pienso que es un mal uso para un mechero, una mala enseñanza para la niña ¿qué no quemará?

Pero hay alguien más preocupado que yo: un señor canoso, delgado y de barba rala y pobre, detrás de mí menea la cabeza, sacude su periódico gratuito y se equilibra en su enorme trolley, que reposa mastodónticamente en el suelo. Lo veo reflejado en el cristal de las puertas del vagón.

Al final no puede más, y dice: "Es peligroso el mechero, puede provocar una catástrofe".

Yo no puedo reprimir una sonrisa a la vez que lo identifico como argentino. ¿Catástrofe? ¿acaso se cree que el metro funciona con gas o combustibles fósiles? Es un mechero ... se apaga solo, pienso ...

Las chicas sonríen aún, aunque menos, disimulando su disgusto. A la morena, que está de pie, le digo algo cerca del oído: "Y a ver si luego os quema la casa", y sonríe.

Pero el sudaca vuelve a la carga: "No se puede encender fuego en el metro, es peligroso, soy médico ...". E insiste ...

La rubia, entonces sentada, se incorpora. Estamos a punto de salir, se encara con el hombre y le dice: "Me toca los cojones", "¡Tiene huevos, con su madre delante!". "A mí me come usted el coño".

A lo que responde el hombre, muy flemático: "Mamita, sós muy liiinda, pero una ignorante" y bla, bla, bla, ...

Vámonos, dijo la madre a su amiga. Y yo me bajé del metro, entre acongojado y reconfortado, por haber presenciado una brutal respuesta a un palizas, pero aterrado de comprobar que ni aún respondiéndole así, un médico argentino se calla ...